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Abordar a Foucault: Mitos del poder

Fotografía: Pedro Zamalloa García
Por: Eduardo Yalán Dongo

Estamos en elecciones municipales y presidenciales en el Perú, y aun las campañas políticas continúan siendo evanescentes con ese áspero olor a propaganda de los 50`s. Particularmente se almidona en demasía el tema de /el poder/. Cuando se acusa, por ejemplo, a Kouri de integrar en su campaña a “montesinistas” se arenga en este sentido: “lo que detestamos de los montesinistas, no es su corrupción o su desviación moral, sino que siempre quieren tener mejor rango, más poder para robar más”. Se dice también que los políticos más corruptos (glorioso lexema) son los que buscan únicamente ostentar el poder, servirse de él, buscarlo. Montesinos, para el peruano promedio, es la iconografía del poder (garrafalmente llamado “poder que ha sido mal usado”). Y digo Icono porque (según Peirce) el icono es un signo que se relaciona con el objeto por tener una semejanza con este, es decir, tenemos una relación metafórica por excelencia, relación propia de la palabra escrita que sirve muy bien en campañas de corbatudos señores de la política socialista cincuentona. Esta clase de política ha hecho tragar presurosamente al apolítico esta verdad: Poder es sinónimo de fuerza, el poder es sinónimo de distancia, de injusticia, de derechos, y de verdad. El famoso axioma de He-Man resulto ser una fallida herramienta de educación infantil sobre el poder.

En todo caso es entretenido recordar a Foucault en este tema del poder. En primer lugar, quitémonos de la cabeza que el poder es una especie de semilla regada por aquí y por allá, que el poder se reparte en ésta o aquella circunstancia, me parece que esta imagen del poder aun persiste en la propaganda. Pero no se reconoce el poder porque nadie es titular del poder. El individuo no es el que lleva el poder dentro de un terno con olor a abogado, el individuo es producto mismo del poder, el poder se ejerce, no es una propiedad, no es un extremo. Si queremos referirnos a algún “corrupto” o a alguien que se apropia de los flujos vitales dentro de una sociedad es preferible hacerlo con el nombre de “estados de dominación”, donde existe un presunto tirano, pero no un propietario del poder. Pero en sí, el análisis de las relaciones de poder es diferente a los “estados de dominación”. No se trata de analizar el poder en el plano de la intención o decisión. No se trata de balbucear “¿Quién tiene el poder?”, no en esta forma interna de análisis, sino en su manifestación externa: “¿Dónde se implanta y produce el poder en efectos reales y en qué niveles?” Nuestras campañas políticas y los apolíticos (o sea la mayoría de limeños) parecen no comprender que las formulas de “viva el progreso y la tecnología”, “nuestro partido no quiere el poder, sino la justicia” “yo soy de clase media, no como ella que es de clase alta” creo que aun nos gusta untar la mantequilla de ingenuidad dentro de nuestro pan almidonado de parafernalia, y mascarlo y remarcarlo como los desinteresados apolíticos que somos. Ese es el problema de considerar al poder como un fenómeno de dominación macizo y homogéneo ubicándolo en los extremos (una clase sobre otra, pobres vs ricos, etc.). Imagínense toda esa construcción de los “periodistas” que se auto imputan titulares del poder: “somos el cuarto poder” y parpadean, y se frotan los ojos; imagínense toda esa construcción de sendero y su "lucha para llegar al poder"; imagínense esa construcción del pueblo que relincha: "el poder oprime" No, el poder no oprime.

El poder no es algo exclusivo –como diría muy bien Foucault- no es algo que se reparte y que lo tienen y poseen en exclusividad y los que no lo tienen y no la poseen, nunca se localiza allá, nunca esta en las manos de algunos: el poder se ejerce en red, y en esta red los individuos circulan, transitan y son producidos por el mismo poder. Nietzsche decía que el deseo de poder nace con esa necesidad de querer disponer de un ambiente, lo que llamamos instinto de dominio, sentimiento de poder, esto no quiere decir que ejercer el poder sea privatizarlo en nombre del individuo, sino ejercerlo, sufrirlo: el proletariado también ostenta poder, los pobres también ejercen el poder, son atravesados por este. La voluntad de poder es pues la pura sensibilidad y afectividad, es una suma red de fuerzas. A Foucault le interesa el análisis de las relaciones del poder, las relaciones de fuerzas que intervienen en un poder confiscado, el origen de la bipolitica a partir de las relaciones de poder: “El individuo es el producto del poder. Lo que hay que hacer es "desindividualizarlo" (…) No os enamoréis del poder".

Fenomenología del racismo

Por: Eduardo Yalán
Fotografia: Claudia Villaseca Flores

“Mira el rostro blanco y el cuerpo negro de la noche hasta que

dejes de percibir la diferencia entre albura y negrura(…)”

Emilio Adolfo Westphalen (Ha vuelto la Diosa Ambarina)


Mañana del sábado 27 de Junio, tomé el periódico nacional habitual (“El Comercio”), y me encontré con una portada muy nostálgica; la muerte de Michel Jackson. Tras un lapso de venial tristeza y de curiosidad thanática por la información, detecté otra nota informativa: “Alicia delgado recibió 8 puñaladas”. Dentro de toda la carga nostálgica de ambas noticias y de lo relevante de ambas muertes en el Perú, me pareció curiosa la distribución de la información en el periódico, por un lado Michael en una imagen a gran escala que ocupaba gran porcentaje de la carátula, y por el otro lado, Alicia, sin imágenes, acompañada de una pálida fonética y perdida dentro de los vericuetos del periódico. Alicia Delgado fue una cantante folklórica cuya muerte ha suscitado gran revuelo en los medios masivos de comunicación, medios estigmatizados como “chichas” por no decir “medios para cholos/mestizos”. El Comercio es la antípoda per excellence de estos últimos, antípoda de una cultura determinada. Recogiendo esta perspectiva y otras muchas que han venido acaeciendo en el Perú (como los dimes y diretes entre Bagua y el Gobierno de turno) deseo dar un punto de vista con respecto al tema de la discriminación (buen eufemismo para el racismo) subrepticio en nuestra sociedad.

En Latinoamérica, de la manera más hipócrita y contradictoria, el racismo se resiste aún a morir, muchos psicólogos, sociólogos y antropólogos han buscado una solución o análisis causal a este “fenómeno social arcaico” limitándose al “deber ser”. Dicen por ejemplo: “el racismo no debe ser, no debe existir”, y en teoría no debe, pero aun así existe, y de una forma vulgar. Pero añadamos otro punto de vista, tal vez interesante, al tema del “racismo”, dejemos de lado el “deber ser” y abordemos quizá una perspectiva más curiosa e interesante. Como decía Aristóteles, somos una especie social, el hombre es una animal social que pertenece lógicamente a un grupo social (sea este pequeño o grande, de corto o largo plazo). Ahora bien, tomando en cuenta esto, el ser social debe acatar la moral y normas sociales para sentirse parte del grupo e identificarse con éste; esto no es más que desear una seguridad y evitar una inseguridad, un “operar en la nada”. A nadie le gusta estar solo, pero para no estarlo se deben acatar ciertas normas, si no las acatas, entonces estas fuera. Es así como el ser social, subrepticiamente, se integra en la sociedad y adopta, según su praxis vital, un papel en la sociedad: o bien es dominador o bien es sumiso. Es importante resaltar esto, el carácter jerárquico/piramidal que posee nuestra sociedad, y de cómo nos auto ubicamos en este esquema social. Psicólogos como Lamberth, Morris, Moscovici, Enrique Salgado, y el genial James Whittaker reconocen este valor social intrínseco en la motivación individual.

Ahora bien, exploremos la fenomenología del racismo. La escencia del fenómeno está definida por la fuerza que la comprende, y este caso no es la excepción. Retomando la idea de dominación y sumisión, si un dominador (el ideal) le increpa al sumiso (yo) sobre algo mal hecho por este último, el ser social sumiso se sentirá inseguro ya que sentirá que dejó de pertenecer a la sociedad (un ejemplo muy literal es el que Ramón Ribeyro nos da en su cuento “Alienación”). Digamos que la escencia del racismo es su característica social compuesta, la negación (dialéctica) de una clase dominante (victimarios) hacia la clase sumisa (victimas) provoca insatisfacción por la inseguridad que sienten al creer que ya no pertenecen mas al grupo social, su estabilidad en el grupo depende de lo que diga el ideal, el jefe. Y, como sabemos, la creencia genera afecto. Citar a la judía y filósofa Hannah Arendt me parece oportuno en este momento: “En este mundo insensato es mucho mas fácil ser aceptado como un gran hombre que como un ser humano”. No es la idea ser un gran hombre, sino ser un “ser humano”, un ser que no se sienta dependiente de un esquema jerárquico/social.

Una solución al racismo es hacer que el ser social se sienta autorealizado y no reconocido dentro de su sistema, es decir, inocular la creencia que reafirme la trascendencia del ser humano dentro de ese pútrido “esquema social jerárquico”, la trascendencia de aquella masa, sin la imperiosa búsqueda por el reconocimiento. Repito, una creencia significa un alud de emociones. Desde esta perspectiva considero al racismo de la manera como lo considera Martin Tanaka; un “arcaísmo intolerable” y no desde la perspectiva psicoanalítica que asegura al racismo como un problema integro basado en la otredad, en la no comprensión de lo otro. No toman en cuenta la condición sine qua non entre lo social y el fenómeno racista. Nietzsche, sin querer, se inmiscuye en este problema: “no se ataca solamente para perjudicar a alguien, para vencerle, sino tal vez, a veces, por el mero placer de adquirir conciencia de su fuerza.” (HDH 317) El carácter activo del victimario hace que éste reafirme su jerarquía dominante con urdimbre espíritu, utilizando los más inverosímiles, estúpidos, palurdos e inconsistentes argumentos como lo han sido (a lo largo de la historia) la frenología, la superioridad aria, la superioridad fenotípica, y demás entelequias. Pero para el dominante todo es necesario, hasta esto ¿Cómo viviría el racista sin la inconsistencia? Para el que no busca reconocimiento esto no es de suma importancia, “a la mierda Bartolomé de las Casas, Hitler, Noé, y ese hijo de puta de Michael Jackson”. El racismo se resiste a morir pero morirá, porque la dialéctica paulatinamente muere, porque los intelectuales mueren y con ellos su amargo rechazo, la palabra escrita vinculada al racismo homogéneo se diluye, las creencias y las jerarquías se distorsionan, el racismo es un “arcaísmo intolerable” es un residuo último del cambio de paradigma. El racismo, como lo conocemos, cambiará, y “cambiará pues”.

El amo y el esclavo: reflexiones post-hegelianas




Por Eduardo Yalán Dongo

En el capítulo de la autoconciencia (Selbstbewuptsein) del libro, La fenomenológica del espíritu, GWF Hegel escribió lo que se convertiría en la más polémica y debatida forma del entendimiento humano: la relación del opresor y el esclavo. Deseo detenerme en puntos principales de esa teoría evitando la explicación total de la misma.

En un primer punto Hegel dice que la relación de las dos autoconciencias del amo y el eslavo se encuentran en una lucha constante por el reconocimiento (punto que rescataría Francis Fukuyama en su mal criticada El fin de la historia y el último hombre). Es decir, que el opresor ha ganado un cierto reconocimiento, pero dicho reconocimiento (thymos) ha resultado meritorio (ha sido su justo premio) debido a la previa lucha sostenida entre el ahora esclavo y él.

En un segundo punto, Hegel dice que la ventaja del opresor es la de dominar completamente al trabajador; su goce es ser el que decide las ordenes y el que somete (es el opresor el que a través de la razón controla la realidad y por ende al individuo esclavo). Asimismo, Hegel diría que la aparente desdicha del esclavo se torna en esperanza dialéctica si es que pensamos en el futuro del eslavo, una ventaja frente a su amo, y una esperanza para convertirse él mismo en dominador: la ventaja es que, al contrario del amo, el esclavo conoce su trabajo de cerca. Es el esclavo el que sufre y es el esclavo el que conoce cómo salir de ese sufrimiento (con respecto a esto, Nietzsche decía que únicamente el individuo que sale de la mentira es aquel que la ha padecido). Esta postura fue tomada en cuenta por el movimiento negador marxista que introdujo una visión radical indignándose de que exista un opresor y un esclavo; el marxismo comunista quería deshacerse de la propiedad y del único (del dominador).

¿Pero que nos evoca todo esto? Bueno, al parecer, y si seguimos la tesis nietzscheana de que la vida es voluntad de poder, entonces podemos afirmar que nuestra vida se encuentra sujeta a una relación de amo y esclavo; es decir: o somos sometidos o nos someten. Pero esta relación no se restringe al plano exterior, al plano social, también somos sometidos por procesos afectivos. Pues bien a veces el amor, el odio, la venganza e incluso la alegría someten a nuestra razón y nos convertimos en “esclavos”, en sometidos. Sin embargo existe un problema: al pensar que somos “esclavos” y sometidos sentimos que nos quitan reconocimiento y/o conciencia, entonces catalogamos a nuestros opresores como perversos (malos, para hablar en cristiano) y los negamos totalmente. Entonces a través del conocimiento de nuestro trabajo (a través de nuestra exigencia de cordura y de intelecto) sometemos al ser “malo” que nos oprime (a las afecciones o individuos sociales), lo que genera una estricta coerción: represión.

La represión es negación, la contradicción también es una represión y tal como nos enseño los viejos Freud, Jung y Lacan; la represión es el veneno del alma. Entonces, la dialéctica del amo y del esclavo no debe ser comprendida, actualmente, como una supresión y no integración de un polo (amo o esclavo), la praxis es la afirmación y no la negación de algo, actuamos afirmando y no negando; “la lucha -dicen los marxistas de quilca, los chomskianos ollantistas, los intelectuales negadores de emociones, o los antiimperialistas rasca panzas- se basa en la negación, en suprimir la clase opresora”, pues he allí su error: pues debemos matar y no encerrar en el closet. Tanto nuestras afecciones (hoy por hoy en el mundo de los sentidos) como los “tiranos imperialistas” funcionan como opresores, lo cual debe ser una buena excusa para que nuestra razón (ahora, en el mundo de los sentidos, sometida) como nuestra cultura tercermundista busque una integración, ¿Qué es eso? Una comprensión, un pulir la mente, dejar de valorar sobre causas y efectos que merecen ser fusionados.

A continuación el más pelotudo, promiscuo represor, alienante escribal, negador de la cultura, historicista con duras hemorroides, el pseudo filósofo “José Pablo Feinmann”, aquel que cree que la mentalidad escribal todavía es la dominadora de nuestra sociedad, pues señor: estamos en el mundo de la estupidez, !estamos en el mundo de los sentidos!