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Cena con Víctor Raúl


Por: Pedro J. Crespo Bustamante.

Fotografía: Claudia Villaseca


Estamos en la recta final, y suman muchos los analistas que están tratando de dilucidar cuál será el resultado final de las elecciones presidenciales. Hasta el momento, van muchos editores de diarios y revistas, politólogos, sociólogos, sicólogos, catedráticos; todos han dado su opinión concienzuda y especializada del tema, sin embargo, yo, un estudiante de periodismo, quiero hacerme un espacio en esa ilustre palestra para dar mi opinión de peruano, que se adhiere en la carne de esa parte de la población que ya está harta del modelo liberal y que está contenta de que su candidato, Ollanta Humala, esté liderando las encuestas.


Agrego, para evitar malos entendidos, que me considero un liberal. Vivo con la ilusión y el orgullo de una economía en alza, me gusta estar actualizado de temas bursatiles, disfruto de la tecnología de punta y tengo proyectos de vida basados en el modelo, lo que me coloca –y lo aclararé sólo una vez– en una posición difícil que intentaré superar.

Premisa: el Perú ha estado dividido desde la conquista, cuestión que no se intentó superar en la independencia, asunto del que aún pagamos penas a pesar de que estamos a puntos de cumplir el bicentenario. Cuando vi que Ollanta trepaba en las encuestas, me pregunté ¿por qué?, en vez de escandalizarme y vaticinar el acabóse, y mi respuesta automática estuvo basada en la inequidad. El Perú ha emergido injustamente a costa de aquellos que podrían ser considerados verdaderos peruanos: esos a los que llaman de mil maneras y con los que las minorías no se suelen juntar. Hablo de aquellos que se dedican al agro, a la pesca, que se sumergen en las minas, que despiertan por la madrugada y regresan por la noche, con las manos callosas, a dejar una miseria para mantener su hogar. Son gente que la suda, sin duda, tal como también lo hace el otro porcentaje de corbata que los contrata, con la diferencia que este otro resto no acata sino ejecuta, y se ve mejor, y no tiene callos en las manos. Esa diferencia, que (para nuestra verguenza) parte históricamente de lo étnico, es mi justificación perfecta para preguntarnos ¿en qué momento se jodió el Perú? Yo se los diré: en el momento en que fundamos un país disgregado.


El peruano trabajador está cansado de eso, y por eso vota por Humala, porque también quiere tener la posibilidad de engrandecerse con el resto, de sentirse parte de ese todo, que, irónicamente, es la minoría. Lo escribió el sicólogo Roberto Lerner: “alrededor del 25% de personas quieren que les devuelvan un país que sienten secuestrado desde hace medio milenio y un 15% desean que el Perú… no sea el Perú”. Con Humala, la esperanza del Perú de los primeros, de ese 28% humalista, es que el gobierno haga juticia y los integre finalmente a un sistema que los ha maltratado. Ellos no quieren que los mantengan al margen de un crecimiento admirado internacionalmente, y que ellos desconocen, como si formaran otro Perú. Incluso, me atrevería a decir, que los politicos han logrado que a ellos no les importe el crecimiento logrado, porque no les dio beneficios, ¿y a quién le importa algo que desconoce? Por su parte, el Perú de los segundos, de los ejecutivos, es la Lima con ínfulas de Miami, donde se escuchan comentarios como “qué raro que gane Humala, porque ninguno de mis amigos va a votar por él”, y que agreden culturalmente al resto, minimizandolo hasta acomplejarlo y hacerle sentir que son incapaces de obtener oportunidades para surgir de su condición. Este mezquino grupo, es PPK para ellos, los que son felices de ser gobernados por un gringo. Ese electorado fashion de simpáticos colores CMYK, con capacidad cero de políticas inclusivas, que sólo va a seguir haciendo crecer el PBI, y que le va a importar poco los “baguazos”, “moqueguazos” y “arequipazos”, lo que sea mientras inversión extranjera siga intersada en nosotros. ¿Cómo no habría de hacerlo si, con ese modelo económico, hasta el propio cholo Toledo los ha decepcionado? Quizás hayan muchas dosis de resentimientos, claro que sí, ¿pero qué más humano que eso? Están hartos de trabajar para una burbuja que sí disfruta de los beneficios y pretende minimizarlos, llamándolos locos, idiotas y descocados por votar por Humala, cuando lo que realmente están intentado es reinventar un modelo económico fallido, coger la sartén por el mango, y exigir los derechos que en toda su historia le fueron negados.


Por eso entiendo a los humalistas, y los entiendo perfectamente; porque ellos también son peruanos y están hartos de tener que agachar la cabeza. Y es producto de este secuestro de hace medio milenio, que a ellos ya no les interesa tener que escuchar al otro porcentaje, porque ahora saben que podrán tener la oportunidad de hacerlo a su manera.


Por eso, si Ollanta Humala gana las elecciones presidenciales, no hagamos pataleta por la destrucción de nuestro fallido modelo económico, no nos mandemos a mudar, no renegemos del resto sin conocerlo: veámonos como la historia nos está pasando factura, e intentemos empezar una nueva historia tratando de mejorar por todos los medios la raíz del asunto: la creencia de que un Perú exitoso sólo puede ser alcanzado con las disposiciones de un solo grupo.

¿Por qué no votar por Fujimori? Cuerpo e individualidad.

Cuadro oleo: Renzo Alva H.
Por: Eduardo Yalán Dongo

Sorprende aun, y a veces hasta la estupefacción, lo que se puede escuchar acerca de las elecciones y los candidatos por los que, dentro de una sórdida necedad, el peruano promedio sacrificaría su voto. Sacrificaría su voto. Sí, porque votar por personajes como Fujimori (representado por su hija) es en términos estrictos, sacrificar el voto. ¿Por qué no votar por Fujimori? He escuchado que se vota por Fujimori por el hecho de que al papá de fulano le fue muy bien económicamente durante su mandato, o porque erradicó el terrorismo, o porque fundó colegios, muchos colegios, para los niños y los pobres. Lo cierto es que existe en estos puntos una suerte de problemática que no permite comprender la figura discursiva de todo esto: la maleabilidad del cuerpo y la deformación de la individualidad. Dos puntos que vale la pena retomar.

Primero, el cuerpo. Fujimori estaba demasiado interesado en la maleabilidad del cuerpo, principalmente, en el cuerpo útil, como lo llamaría Foucault. ¿Qué es un cuerpo útil? Cuando se utilizan estrategias de poder que requieren de un máximo de fuerza del cuerpo inteligible se produce el concepto de cuerpo útil. Un cuerpo que produzca, utilizable, que haga. Por ejemplo, el servicio militar requiere un cuerpo útil, la mayor disponibilidad y utilización del cuerpo. El discurso gerencial de una empresa quiere también cuerpo útil, un cuerpo del trabajador que produzca, que este activo (proactivo que se le dice) y trabaje “bajo presión”. Igualmente el colegio o los centros de educación requieren una utilidad del cuerpo, una postura del cuerpo para leer, un uniforme con el que vestirse, una forma de llevar la compostura, de sentarse. No es de extrañar, siguiendo lo anterior, que Fujimori se dedicara a construir más colegios en la costa peruana retirando el curso de literatura universal de la currícula escolar (técnicas de dominación). Ni tampoco es de extrañar que los aturdidos jóvenes de hoy (precisamente estudiantes de aquellas escuelas) piensen que su gobierno es el mejor de todos y merece que ancle nuevamente en el gobierno (cuerpo útil). Así también, cabe mencionar también el programa de esterilización de las mujeres en los andes, al control de los medios y a la creación de grupos paramilitares como principales interés del gobierno fujimorista por el cuerpo útil.

Otro punto es la maleabilidad de la individualidad. Gilles Deleuze en “Foucault” preguntaba “¿Qué le queda a nuestra subjetividad?” Pregunta perfectamente valida en nuestra contemporaneidad. Si el saber o los saberes, originados por el poder o algún estado de dominación como una tiranía política, han afectado cada vez más nuestra vida cotidiana, nuestra interioridad y nuestra individualidad, ¿Qué le queda a nuestra subjetividad? No le queda nada. Este es el tipo de individualidad que debemos de rechazar, la impuesta, la que nos impuso nuestro querido Fujimori con el control de los medios (el poder tiene su gran centro de ejercicio en la información), moldeando y sometiendo nuestra individualidad a una serie de patrones específicos. Fujimori era enemigo por tanto de la subjetividad, más aun de la intersubjetividad, de las relaciones con lo otro. El discurso fujimorista era, como toda verdad una ficción, pero una ficción que lejos de ser pasiva como la realidad misma, era concretamente perversa, castigadora, vigilante.

El despecho desconsiderado contra el cuerpo y la malformación de la individualidad son las dos razones por las que no pretendo votar por Fujimori, más allá de los soliloquios y pataleos de Keiko Sofía, más allá del libro de Montesinos, mas allá de los crímenes horrendos cometidos por nuestro querido Fujimori.

¿Saben lo que dicen?: Omar Montoro


Por: Eduardo Yalán Dongo
Muy a parte de temas como el gélido frio metropolitano, lo caro que están las entradas para Mistura y el Cirque du Soleil, o si Peluchin esta ya comprometido con Sofía Franco (lo cual siempre deriva a la caza moralista contra los gays y su “reformación” sexual), la que se ha convertido en la pregunta fundamental para destruir una fría conversación (o tal vez comenzarla, en el caso de un inexperto seductor), es "¿Por quien vas a votar?" Las respuestas siempre son compatibles con los candidatos de los medios, algunos nihilistas “no sé”, los eufemísticos “Yo por –x- porque me gustan sus propuestas” o finalmente los de sabiduría taxista “en la radio dicen que Villarán es izquierdista, da miedo votar por ella no?” He escuchado cada respuesta, diferente, algunos extremistas, otros mas comprensivos, pero todos siempre revueltos dentro del gran tallarín que es la apolítica, el desinterés por la política llevado al discurso cotidiano. Y, como siempre apuntamos, a los apolíticos se les gana por la imagen. El buen peruano no vota por los candidatos, el peruano vota por imágenes, por precepciones, por significaciones, algo que no esta en los candidatos mismos ni en sus propuestas, sino en los valores simbólicos que porducen a drede o sin saberlo; triunfo definitivo de la imagen.

Omar Montoro, candidato de último momento del partido PPC-Unidad Nacional de la candidata a la alcaldía de Lima Lourdes Flores, nos dice: “Porque surco merece más”. Montoro con sonrisa de photoshop, actualizado a las redes sociales, camisa blanca y contexto verde, naturalidad, limpieza, no corrupción, bla bla… ok con él, pero ¿Qué hace Loudes precisamente? Sintácticamente ubicada detrás de Montoro, con las dos manos apoyándose en sus hombros, ¿Por qué esa posición?, ¿por qué esas manos en los hombros? evidentemente dos niveles de pertinencia o análisis salen: 1) un discurso de manipulación (Particular) 2) un discurso de machismo (General).

La manipulación, el juego del titiritero, parten de este esquema narrativo canónico que sugiere la propaganda de Montoro. Montoro deja con voraz inocencia que Lourdes proceda a ser su respaldo, deja posar las manos de “Lulú” en sus hombros o, para decirlo en otro modo, el destinador (Montoro) decide finalmente realizar una performance manipulatoria. Las manos en los hombros es una figura icónica que representa un hecho concretamente social, para los que recodemos esa portada de la película “El abogado del diablo”, se utiliza la misma significación. El apadrinamiento no solo es un apoyo sino también un “yo opero y operare por tí”, se cercena al sujeto, en este caso Montoro, y se invalida su voz. La imagen parece decir, por su sintaxis, “Yo, Montoro, postulo a la alcaldía de Surco, pero en realidad es ella la que opera por mi, lo cual me invalida como candidato, y me convierte en un icono de Lourdes, en una proyección” ¿Votamos por Montoro porque parece y aparece como candidato, o porque Lourdes lo apoya, porque es un icono (representacion) o porque es un candidato?


Pero este tema no es el único, hay un tema más macro y pertinente. Como se sabe de los 38 candidatos a la alcaldía del partido del PPC-Unidad Nacional solo 4 son mujeres (Jacqueline Aljovin, Jessica Vargas, Rosario Arnao y Miriam Jarufe), el resto son hombres, políticos canosos y aventados. Pensé que la composición de los afiches era la misma para todos, al parecer así lo creí cuando pasaba por distritos como San Borja o La Molina, entre otros. Sin embargo mi sorpresa fue encontrar el afiche de Jessica Vargas, candidata a la alcaldía de Barranco, y descubrir quizá un discurso macro interesante: ¿Por qué Lourdes salía de menor estatura con TODOS sus candidatos en los afiches de propagandas de diferentes distritos, dejándose ver como aminorada, aleccionada, disminuida, mientras que con las mujeres, Lourdes salía poderosa, más alta, autoritaria, verdadera diablo de abogados?


¿Acaso el discurso de Lourdes se basa en un machismo estratégico? Recuerdo una imagen musulmana, donde las mujeres caminan detrás de los hombres, pero cuando estas están solo con mujeres, hay una que jerarquiza siempre al grupo, generalmente por su sabiduría, su edad o tal vez condición. ¿Qué significa que Lourdes este encima de las mujeres, pero no de los hombres? ¿Acaso es un discurso escondido dentro de la campaña política del PPC? Sabiendo que estas propagandas, su composición y diseño, fueron hechos teniendo en mente a contrincantes masculinos ¿Estará esta producción de sentido dentro de las campañas adrede, para connotar un sometimiento de la mujer frente al hombre, sometimiento que le ayudaría a ganar votos como lo había estado haciendo antes de la salida de kouri a la postulación a la alcaldia de Lima? Si yo me hago el pobrecito la gente misma me revalidará, porque en el discurso oficial siempre esta hacer lo “correcto”, validar al pobrecito, al enfermo. Y en política, como incluso saben nuestros apolíticos, todo debe ser y apuntar a favor de la moral.

¿Sáben lo que dicen? Javier Baraybar


Por: Eduardo Yalán

He aquí mi favorito: Javier Baraybar. Líder del movimiento independiente de vecinos surcanos, un “hombre de experiencia a tu servicio”, dueño de un no tan enfervorizado gesto. Baraybar optó quizá por una apuesta política más simplista, más clásica en lo que a propaganda política se refiere, podemos quizá proponer a un único actor (sujeto) discursivo junto con un mensaje lingüístico funcional sobre el partido, resaltando los lexemas /solidario/ /experiencia/ /servicio/ /independiente/ /hombre/. Todo perfecto hasta allí, eligió el color amarillo para connotar (mensaje icónico codificado) Lealtad, honor, unión, economía, amabilidad. El amarillo y el verde son muy útiles en este tipo de propagandas. Al parecer dentro del contexto objetivo, se puede decir que nos encontramos con una propaganda “normal”, común y corriente, no pasa nada, objetivamente hablando. Ahora bien, (otra vez la sintáctica) ¿Para quién es este mensaje? Eventualmente, somos los peruanos y, claro esta, surqueños, unos lúdicos chacoteros y picaros críticos de la rareza, y entonces nos detenemos, y confirmamos eso de que el ser humano puede conservar un número infinito de unidades de información en una fracción de segundo: ¡Boom! Aparece el apellido: Baraybar.

Hasta el menos elocuente puede darse cuenta que el nombre del candidato comienza con el prefijo /Bar/ y termina con el sufijo /Bar/. Y es inevitable situar una lectura mórbida, pícara, pero permitida al discurso del afiche. Para decirlo semióticamente, existe, detrás de la manifestación figurativa sonora de “Bar”, la existencia de un rol temático que se puede designar, con el perdón del señor Baraybar, de /borracho/ o sujeto relacionado al alcohol, así como a su opuesto /sobrio/. Inevitablemente su representación en el cuadro semiótico permite visualizar estas dos tendencias:


Y para enfatizar esto, el sema /borracho/ extirpado del lexema /bar/ se hace aun más evidente gracias a un mal empleo de la comunicación, a una mala utilización de los colores dentro de esta publicidad: El amarillo. ¡Sintaxis pura señores!, imagínense; el amarillo y blanco como fondo de un candidato (por ejemplo) de nombre Jiménez…no pasa nada. Pero el amarillo y blanco en un candidato cuyo nombre es Baraybar, inevitablemente se genera una lectura imprevista. ¿Y que tiene que ver el amarillo y blanco? Se preguntara el más ingenuo. Sin ser semiólogo o sociólogo, o psicólogo ¿Qué se vende en los bares? Tragos, alcohol ¿Qué trago en particular tiene el color amarillo y blanco? La cerveza. ¿Qué sucede cuando anudas el sema /borracho/ inevitablemente inmerso en el apellido Baraybar y pintas tu propaganda de amarillo y blanco? ¡Boom! Por metonimia, la lectura que la gente dará al candidato será la de un amante de la cerveza, la de un ebrio camuflado, la de un desequilibrado, desquiciado por el alcohol, un vicioso, un perfecto vecino al quien no se le dará voto alguno. Mala comunicación, no hubo una atención a la posible lectura que el votante le vaya a dar al candidato…Lo que sí me parece esta en cuestión es si verdaderamente el surqueño, amante de la cerveza, le otorgué un valor disfórico o eufórico a este candidato y a su inocente relación con el alcohol.

¿Sáben lo que dicen?: Propagandas politicas.

Por: Eduardo Yalán Dongo.

Se alzan los carteles, se alzan en las noches permitidas; Lourdes, Kouri, Villarán, se alzan en coro: “¡vota por mi!”. Digamos que ser bombardeados de propaganda política no es del todo negativo, en cada ruta no solo vemos caos visual, o fealdad de nuestras meadas paredes, sino oportunidades para escoger y elegir bien a los candidatos, aproximarnos más. Al igual que la publicidad, la propaganda vende, pero vende ideologías (la primera vende servicios/productos), creencias políticas que nos puedan convencer, persuadir. ¿Cómo nos convence? Porque están en todos lados. El candidato que tenga más paneles y afiches, es decir, más alcance, generará mayor recordación, y este beneficio lo saben muy bien los políticos, saben que así se debe de convencer a los apolíticos, con propaganda. Preguntante, ¿Cuáles son tus candidatos a la alcaldía de tu distrito, o de Lima? Respuesta: Tus candidatos son los candidatos de los medios. Pero no pretendo generar “conciencia” política dentro de un desinterés apolítico. Me interesa más analizar no a nosotros, señores apolíticos, sino a las estructuras que nos determinan; a la propaganda política. El análisis de propaganda de hoy será sobre el distrito de Surco y sus tres principales postulantes: Javier Baraybar, Juan Manuel del Mar y Omar Montoro. Antes que nada no deseo criticar la política o las propuestas para la alcaldía surqueña de estos candidatos, deseo únicamente efectuar un análisis básico (sintáctico) de las lecturas y de los discursos: Señores politicos ¿Quieren jugar con apolíticos?: aprendan a jugar con apolíticos.

Del Mar:

Un apolítico no se detiene en las propuestas, se detiene en cómo se ve la propaganda política. Primero el mensaje literal: “Porque Surco es salud” “En surco se vive bien”. Para alguien que sabe que Del mar es el alcalde actual de Surco !perfecto! !bingo!, el mensaje ha llegado. Pero para nuestros apolíticos en potencia ¿saben quién es el alcalde de Surco? El mensaje “En Surco se vive bien” colapsa, pierde sentido y hasta se permite una lectura: “¿si se vive bien, por qué tengo que votar por ti?" Existe un mensaje icónico codificado. Presten atención a la imagen. En toda la campaña gráfica de Del Mar se puede registrar un sentido binario que se expresa de la siguiente manera:



En este afiche en particular el candidato, invertirtiendo plata, y evitando un trabajo a lo “Wilson”, decidió quizá ser asesorado por un buen fotógrafo, un artista de la imagen. Precisamente ese fue el problema, en propaganda y en publicidad, el arte no puede intervenir. En el arte, el autor de la obra puede dejar a entrever no una sola lectura de su creación, sino muchas, se puede convertir, como decía Eco, en una obra abierta. Pero en propaganda y en publicidad (un poco para evocar a Barthes) la significación de la imagen es sin duda intencional: lo que configura a priori los significados del mensaje son ciertos atributos del candidato, y estos significados deben ser transmitidos con la mayor claridad posible, la propaganda, por tanto, debe ser franca en su mensaje. Vean bien esta otra imagen, de la misma campaña:


Existe una técnica fotográfica sumergida en el panel: la sensación de profundidad de campo, el llamado fuera de foco. Y aquí el binarismo se hace presente, ¿Cómo esta vestido del mar? Con camisa, aplaudiendo cual bailarín flamenco (otra lectura posible) que acentúa aun más el carácter /lejano/ y opuesto a las personas detrás suyo, dándoles la espalda, lejano a ellos, disjunto de ellos, su color azul esperanza y tranquilidad y “todo esta bien” se disocia de la organización de sentido de su imagen. La proximidad entre Lo /pobre/ y lo /rico/ no se da, al contrario, no se habla de una vinculación entre los elementos porque no hay proxemia física, hay, por el contrario, aislamiento, lejanía:

La oposición nace en la imagen sin que el autor o el candidato sepan que significa, o qué sentido le otorga el votante, aquí nace lo que se llama semióticamente “axiología”, el votante le otorga un valor a esta distancia, le otorga una categoría timica y la tacha como negativa, como perjudicial, la lejanía, la no unión, hacen del candidato un desinteresado del “pueblo”, por tanto, menos votos para el señor Del Mar, por tanto, comunicación deficiente. ¿Creen los políticos que esto genera distinción, glamour, mayor captación visual? Con esto, un artista no debe aconsejar en una campaña política-comunicacional.

Abordar a Foucault: Mitos del poder

Fotografía: Pedro Zamalloa García
Por: Eduardo Yalán Dongo

Estamos en elecciones municipales y presidenciales en el Perú, y aun las campañas políticas continúan siendo evanescentes con ese áspero olor a propaganda de los 50`s. Particularmente se almidona en demasía el tema de /el poder/. Cuando se acusa, por ejemplo, a Kouri de integrar en su campaña a “montesinistas” se arenga en este sentido: “lo que detestamos de los montesinistas, no es su corrupción o su desviación moral, sino que siempre quieren tener mejor rango, más poder para robar más”. Se dice también que los políticos más corruptos (glorioso lexema) son los que buscan únicamente ostentar el poder, servirse de él, buscarlo. Montesinos, para el peruano promedio, es la iconografía del poder (garrafalmente llamado “poder que ha sido mal usado”). Y digo Icono porque (según Peirce) el icono es un signo que se relaciona con el objeto por tener una semejanza con este, es decir, tenemos una relación metafórica por excelencia, relación propia de la palabra escrita que sirve muy bien en campañas de corbatudos señores de la política socialista cincuentona. Esta clase de política ha hecho tragar presurosamente al apolítico esta verdad: Poder es sinónimo de fuerza, el poder es sinónimo de distancia, de injusticia, de derechos, y de verdad. El famoso axioma de He-Man resulto ser una fallida herramienta de educación infantil sobre el poder.

En todo caso es entretenido recordar a Foucault en este tema del poder. En primer lugar, quitémonos de la cabeza que el poder es una especie de semilla regada por aquí y por allá, que el poder se reparte en ésta o aquella circunstancia, me parece que esta imagen del poder aun persiste en la propaganda. Pero no se reconoce el poder porque nadie es titular del poder. El individuo no es el que lleva el poder dentro de un terno con olor a abogado, el individuo es producto mismo del poder, el poder se ejerce, no es una propiedad, no es un extremo. Si queremos referirnos a algún “corrupto” o a alguien que se apropia de los flujos vitales dentro de una sociedad es preferible hacerlo con el nombre de “estados de dominación”, donde existe un presunto tirano, pero no un propietario del poder. Pero en sí, el análisis de las relaciones de poder es diferente a los “estados de dominación”. No se trata de analizar el poder en el plano de la intención o decisión. No se trata de balbucear “¿Quién tiene el poder?”, no en esta forma interna de análisis, sino en su manifestación externa: “¿Dónde se implanta y produce el poder en efectos reales y en qué niveles?” Nuestras campañas políticas y los apolíticos (o sea la mayoría de limeños) parecen no comprender que las formulas de “viva el progreso y la tecnología”, “nuestro partido no quiere el poder, sino la justicia” “yo soy de clase media, no como ella que es de clase alta” creo que aun nos gusta untar la mantequilla de ingenuidad dentro de nuestro pan almidonado de parafernalia, y mascarlo y remarcarlo como los desinteresados apolíticos que somos. Ese es el problema de considerar al poder como un fenómeno de dominación macizo y homogéneo ubicándolo en los extremos (una clase sobre otra, pobres vs ricos, etc.). Imagínense toda esa construcción de los “periodistas” que se auto imputan titulares del poder: “somos el cuarto poder” y parpadean, y se frotan los ojos; imagínense toda esa construcción de sendero y su "lucha para llegar al poder"; imagínense esa construcción del pueblo que relincha: "el poder oprime" No, el poder no oprime.

El poder no es algo exclusivo –como diría muy bien Foucault- no es algo que se reparte y que lo tienen y poseen en exclusividad y los que no lo tienen y no la poseen, nunca se localiza allá, nunca esta en las manos de algunos: el poder se ejerce en red, y en esta red los individuos circulan, transitan y son producidos por el mismo poder. Nietzsche decía que el deseo de poder nace con esa necesidad de querer disponer de un ambiente, lo que llamamos instinto de dominio, sentimiento de poder, esto no quiere decir que ejercer el poder sea privatizarlo en nombre del individuo, sino ejercerlo, sufrirlo: el proletariado también ostenta poder, los pobres también ejercen el poder, son atravesados por este. La voluntad de poder es pues la pura sensibilidad y afectividad, es una suma red de fuerzas. A Foucault le interesa el análisis de las relaciones del poder, las relaciones de fuerzas que intervienen en un poder confiscado, el origen de la bipolitica a partir de las relaciones de poder: “El individuo es el producto del poder. Lo que hay que hacer es "desindividualizarlo" (…) No os enamoréis del poder".

El síndrome de Oz: crítica a la crítica.

Fotografía: Pedro José Crespo B.
Por: Eduardo Yalán D.

“Oh- and what`s so stinking about it?“

“It`s stinking world because there´s no law and order anymore.

It`s no world for an old man any more.”

(A Clockwork Orange –film)


Estoy más que seguro que se satisfizo a más de un izquierdista cuando el minúsculo perrito de Dorothy, en la famosa película “El mago de Oz”, corrió la cortina donde se encontraba el maquinista que controlaba al mismísimo “monstruo de Oz”: Pay no attention to that man behind the curtain”. La película estrenada en 1939 aterrizó en un ambiente donde ser de la roja izquierda estaba de moda; increpar, saltar, murmurar y pestañear; es decir, panfletear en contra del sistema hasta sus últimas consecuencias. Fueron tiempos donde descubrir la Verdad (con mayúscula) de los sistemas políticos era el pasatiempo de los intelectuales, buscar a aquel Mago de Oz y regresar con tal verdad a Kansas. Pero ante esto, parece curioso no darse cuenta de un proceso mental escondido, aquel que relaciona a la “manipulación” con la “intelectualidad”, quizá de aquí se explique que la mayoría de intelectuales son ateos (y más si son de izquierda). ¿Pero en qué medida esta receta de la intelectualidad esta presente en el siglo XXI? No hay que mirar lejos.

Cuando leía a Nicholas Carr en su artículo “is google making us stupid?” me pareció exageradamente curiosa esta expresión: “Over the past few years I’ve had an uncomfortable sense that someone, or something has been tinkering with my brain , remapping the neural circuitry, reprogramming the memory”. Inmediatamente esto hace acordarnos de las neuróticas sentencias de Hugo Chavez (que hace poco prohibió los videojuegos violentos) cuando en sus vituperios máximos achaca a EEUU como “motor y motivo” de las desgracias de la sociedad moderna -entiéndase”desgracias” como el nuevo sentido y proceso mental del mundo moderno-. Es decir, el hombre intelectual, critico del mundo cambiante, ha exportado de su cultura amante de libros empolvados este sentido de que “alguien (no importa que) domina nuestro pensamiento”. Y esta necesidad intelectual de duda con respecto a los aparatos sociales es con la cual se busca interpretar exageradamente incluso a los medios de comunicación:

“el Internet (Twitter, Facebook) es malo para el periodismo”, “¿Dónde están las crónicas de antaño!”, “!La Publicidad nos vende imágenes que nos manipulan!” (Así murmura Jorge Bruce) “El dueño del Facebook es el dueño del mundo y esta planeando algo, no importa que, pero planea” “no te registres en Twitter que es manejado por fuerzas subterráneas” “¡Hay de nosotros! ¡Que vuelvan los textos laboriosos! ¡Que vuelvan junto con Vargas Llosa!”.

Y ni que hablar de Chomsky y sus secuaces. De pensamiento rebelde, con gallardía pragmática, increíble crítico y casi visionario, pero por algún motivo inescrutable, el corazoncito lo tiene rojo. A Chomsky (a quien nuestro Ollanta Humala admira mucho) no le gusta que los medios de la comunicación y en especial la publicidad “nos vendan la moto”, siempre esta repreguntándose sobre los nuevos amos del mundo, y le fastidia de sobremanera la mercantilización del intelecto, la empresa privada, el pensamiento moderno, y otra vez la jodida publicidad…Por eso que Fujimori abolió la intelectualidad izquierdista en los 90, por eso también que el cristianismo degolló la critica. No pretendo plantear tampoco una sublimación del intelecto, ni oponerme a que oscuras fuerzas subterráneas sean descubiertas, sin embargo, lo que si es necesario aclarar es que, desde el punto de vista semiótico, existe una contradicción en este discurso intelectual/izquierdista moderno. No existe una manipulación impuesta, como la plantean nuestros chomskianos modernos, lo que existe es mas bien una manipulación de convencimiento, aquí nadie esta sometido y obligado a tener un Facebook o un Twitter (por tomar un burdo ejemplo), aquí estamos simplemente determinados por el convencimiento mercantil, mediante relaciones cognitivas de interacción, lo cual Señor Chomsky, sí es muy diferente a la imposición y esclavización inevitable de “Mr Bushhhhh”.