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Ebanistería Barata

Fotografía: Mariela Nestares González.

Por: Cedric Cáceres

Seriamente pensó dos veces antes de calmar su dolor de huevos, con la mano más fría que tenía. Cerró los ojos y sintió como la baja temperatura iba consolando poco a poco aquel las sensaciones inglaticas que la mordida de esa puta le había provocado. Nada vale la pena lo suficiente, para darle un par de monedas de más a su puta. Ni porque se había depilado católicamente cada centímetro de sus piernas para su complacencia. Nada vale la pena lo suficiente para comulgar con su alma en pleno folle. No se lo merecía, se repetía en silencio. No vale nada, es un objeto, un triste acomodamiento de partes. Nunca será un todo, nunca será lo suficiente, nunca será de verdad más allá que solo una ilusión pederasta con mucho maquillaje. Pero ahora, la muy perra no podrá coger mas con quien quiera, se dará con mi rostro sonriéndole cada vez que habrá las piernas y llorara. Ojala que llore, eso si se lo merece. Se merece llorar a lagrima tendida por las cosas que mal sanamente conjugo con su palabras. Ojala que sufra cada vez que se mire mordisqueada, sensitiva, cuando el pique el codo de acordara de mi.

Seriamente pensó dos veces antes de calmar su rostro con el agua tan fría que salía del caño. Cerró las manos lentamente y se dejo llevar por la sensación que se le aglomeraba en los nudillos. Así se debe sentir la muerte, asi nos debe ir dejando poco a poco el alma a las venas. Así se debe sentir, como si el tuétano se nos goteara por segundos, como si fueran comas en el espacio que nos deja, que dejamos, que se nos va. Así debe ser perder lentamente el deseo por la esposa gorda y vieja, solo que en vez de años, esto dura eternidades espontaneas!. Eternidades que sin tetas ni conchas, se van sucediendo unas a otras , como vagones de un tren que parte en la parte muda de la garganta y se nos va escapando hasta rompernos el culo. Así debe sentirse ser imbécil. Ser imbécil y morir es lo mismo. Ser una bola seminal de jumento parlante debe sentirse como su mil trenes despegaran de tu nuca llenas de agua fría. Por eso no se lo merece, la concha triste, por eso va a llorar cuando se enfrente al espejo con su cuerpo roído, con su alma de madera.

Ya ven que el mundo es injusto


Fotografía: Pedro Zamalloa García
Por: Pedro José Crespo

JP vive sólo a sus dieciocho años porque el mundo es mezquino, porque el amor no es para siempre, porque sus padres se divorciaron. Él pensaba eso, y algunas noches extendía su teoría o la reorganizaba, y creaba nuevas razones, pero las tres mencionadas eran parte inmutable de la lista desde hacía unas semanas, cuando empezó a consumir cocaína. Sí, la cocaína le había gustado porque le prestaba euforia en los peores bajones, porque sentía que le daba la paciencia de aguantarse a sí mismo y porque lo ayudaba a pensar. Lo único que le parecía hasta el culo es que se comía líneas y bolsas solo, evitaba contacto con el mundo exterior, con Stravinski sonando desde su Vaio, porque era un tipo violento pero de muy buen gusto.

Una mujer fue quien le rompió la nariz. Le encantaba esa frase, era un estupendo axioma: directo y doctrinal. E iba de la mano con todas esas cosas con las que se pueden conjugar: romper la boca, romper el culo, hasta romperte un brazo o una cara. La frase era violenta, le gustaba, era como él. Y como ella, quien se llamaba Isabel, y era toda perfecta, toda conscientemente desequilibrada. Era el pájaro de fuego de Stravinski que sonaba en alguna nota que no conocía, y tal vez no conocería. Y le encantaba. Y por esa razón aceptó esas dosis que lo llevó hasta el estado actual, donde la luz era el enemigo, así que cerraba por entero la persiana de su habitación y se quedaba en tinieblas, con sólo una lámpara encendida reflejándose en un espejo blancuzco. No recuerda como fue, pero sí donde fue. En la playa. El verano estaba rayando. Y la pasaron muy bien en la fiesta, hasta que ella lo vio muy tomado y le preguntó si quería caminar. De ahí no recuerda más. Hasta que aspiró fuerte y sintió el polvo en el cerebro, y sintió la arena húmeda y fresca entre sus pies, y observó a Isabel jalando y jalando, encantadoramente hermosa en la playa, con su cabello negro hasta la altura del cuello, y sus labios gruesos torciéndose, llenando su dulce rostro de muecas.

Pero ya no sabía nada de ella. La extrañaba. Le hubiera encantado tenerla ahí a su lado, en la oscuridad de la habitación, jalando coca como dos putos locos enamorados y conversando sobre las virtudes de la vida durante horas. Vida de mierda. Él le contaría que estuvo en Europa, que es un tipo de mundo, pero se guardaría eso del culeo, las putas son temas de hombres. Seguro ella tendría historias igual de apasionantes. Hasta se veía con ella en el auto de su viejo, yendo a la playa y tomarse unas cervezas, comiéndose un ceviche, y coquearse. ¿Por qué le encantaba tanto esto de la coca? Es antiestético. Eso de las muecas es degradante. Pero, él se consolaba: “no hay gozo sin sacrificio” o “sarna con gusto no pica” o “es el costo-beneficio del asunto”, se solía decir esos últimos días, al menos para usar algo de la terminología que aprendió en la facultad de economía. Y oportunamente abandonada, claro. Y como se moría por cogerla. Quería tirársela sobre su colchón rodeado de sábanas y ropas sucias. Volteadita. Penetrarla: un regalo de los dioses por su injusta soledad impuesta. Tan joven y preocupado en el almuerzo de mañana. Y no tenía dinero. Ya todo se lo había jalado, y los rones con cola, claro, porque la coca no pasa si no le humedeces el camino. Además, odiaba el agrio que le dejaba en la garganta, sabor muy parecido al que le traía el recuerdo del divorcio de sus padres. Eso también lo pasaba con ron.

El puto calor. Tener las persianas cerradas convertía el dormitorio en un sauna seco, recalentado. Le servía doble hielo al trago para amortiguar, y cambiaba la música: Héctor Lavoe. En el Callao, hay una escultura de él en Puerto Nuevo y cientos de paredes con su rostro. JP pensó que tanta alharaca debía ser porque era un estupendo salsero, obviando lo de gran coquero, claro, y su manía de llegar siempre tarde a sus presentaciones por andar cloreándose en la casa de la tía Mina en el Callao. Se encerraba en penumbras así como él. Y se coqueaba como él. Sólo los diferenciaba el gusto por la salsa. A JP no le gustaba la salsa, sólo la colocó en su Vaio porque ya estaba muy drogado: El rey de la puntualidad.

Hace algunos días leyó que la vitamina C amortigua los efectos del LSD. Le pareció cómico, y ahora se reía al recordarlo. A él nunca se le hubiera ocurrido tal teoría, y hasta el momento le parecía improcedente. Él es de los que se rescata de un pasa-vuelteo con un porro, uno de tamaño moderado, sólo para que ayude a dormir. Pero lo del LSD lo dejó cojudo, y le hubiera gustado conocer alguien que sepa dónde comprarlo, aunque seguro en Lima sería muy difícil. Pero haría el intento. Y cada vez deseaba más probarla, y tenía ganas de ponerse violento pero en su habitación de azotea no había a quien sacarle la mierda y siguió pensando. Y pensó que sería espléndido tripear con Isabel y luego cogerla de pie, y sintió que la mandíbula ya empezaba a doler por tanta mueca. Dos líneas más. Como analgésico, claro.

El LSD es deseado aquí. En Europa, matan por cocaína. Ya ven que el mundo es injusto, pensó, y no encontró manera de prestarle equidad. Osea, al menos, la coca lo ponía reflexivo. El mundo era injusto porque ninguno de sus viejos quiso encargarse de él, y lo compraron con el chantaje de la ambicionada independencia. Agrio. Pero él lo sabía y lo estaba superando, así como su violencia desde la última vez que le pegó a su última novia por golfa. Era consciente. O la vez que le dio un cabezaso a su mamá por salir con otro hombre. Era un avance. Concluyó que tenía un inmenso mundo mezquino a su alrededor, cuando sonó Chopin, dispuesto a ser disfrutado en plenitud y de la mejor manera, carajo. Pero por ahora, seguiría sirviéndose hielos en el trago porque era de noche y su habitación era su mundo, con efecto invernadero y todo. Por ahora, seguiría en lo suyo.

P.

Lisa Mona

El cuento inédito es de Gonzalo Bachman


Eran casi las tres. Por ahí. Más o menos. Eso pensaba yo. El reloj seguía avanzando y aun no terminaba de pensar en ella. Cada pestañada me dibujaba, en medio de la oscuridad de mi párpado, su tierno rostro, el mismo que se esfumaba como los ojos de mi mona lisa en medio de mi escritorio. La ventana gotosa me contaba la historia de una joven llamada lluvia que se había enamorado de un árbol; y el árbol, de ella.
La vida de ambos estaba lista para ser escrita y para ser guardada en la cajita musical que guardaba Pandora. El árbol le cantaba serenatas a la lluvia para que ella salga todas las noches de ese inquieto invierno; ella soñaba que el destino los unía. Y así fue. Ella salió a buscarlo justo esa noche, la misma noche de las que les hablo, la misma en la que salió presurosa, la lluvia, a buscar al árbol, y se dejó caer en sus brazos, derramando lagrimas de felicidad en mi ventana. Yo no dejaba de pensar en ella. Cada vez que cerraba los ojos, la volvía a ver. Y cada vez que los abría, se esfumaba. La linda Lisa en cuerpo de cualquier otra mujer. Temblaba tan solo de pensar en el reloj. Cada segundo, cada momento fuera de ella era el más largo.
La mujer más linda del mundo, de mi mundo, del de todos, no estaba precisamente en él. ¿O, si? No lo sé. Solo sé que vivía en mi mente, enjaulada entre sueños, pasiones, lágrimas, recuerdos de caricias, de noches en vela, como ésta, como todas, como cada una de las que me andan llevando por este sendero. No sé cuanto más pueda aguantar.
El reloj me avisa que es hora de dejar ya la pluma, mi escritorio, la imagen de mi lisa mona, mis ilusiones. El reloj me avisa que ya es hora de ir a dormir, a vivir aquella realidad distante en sueños. Dejar aquella ataraxia de monas y lisas, dejar ese esfumato, dejar todas aquellas ilusiones de árboles y lluvias, de amores de noche, y reemplazarlas por sueños.
Porque los sueños son más reales que estos débiles suspiros de vagabundo enamorado, que dibuja nubes donde no las hay, que dibuja lunas todo el día, por las ansias de que llegue la noche y que la luna llena de lisas monas le acaricie el rostro, y lo bese hasta el amanecer.

Noticias diarias

Por: Pedro


El té se enfriaba, y las pocas cucharadas de azúcar se iban asentando en el fondo de la taza. En las comodidades de un Café citadino, Julio leía el periódico. Las desgracias se iban develando en cada una de las noticias de la inmensa sábana que cubría su rostro del mundo. Julio no sólo las leía, él las reflexionaba. De repente, observaba pasmado la noticia de muerte de un niño. Daniel, 13 años, a las afueras del colegio. La foto que acompañaba al texto era precisa: la madre cubierta en lágrimas, el auto magullado, y, bajo un periódico, la mano del niño. Julio pensaba en su hijo, y el té siguió helándose.

Y al final, la luna...

Por: Pedro

Por favor, ¡una cerveza!, respondió tranquilamente Illapu ante el cortés saludó del cantinero que pulía en círculos su barra. Se acomodó ahí mismo y prendió un cigarro negro para acoplarse al ambiente del bar. Bulla, luz tenue, mucho humo, olores desagradables: se percibían intensos en aquel sucio bar que en esta oportunidad nombraré como El Sol.

Dentro de la movida bohemia, este bar podría haberse hecho conocido como el pilar de los principales poetas, escritores, e ideólogos de la época; pero no, El Sol solo era un barcito que algún día fue, sucio y envejecido, lleno de ebrios desquiciados, bataclanas putrefactas y con pobre argumento. El dueño, Andrés Zacarías, ya contaba con 59 inviernos de vida, y asevero en inviernos porque la vida se mostró siempre negra y fría para él. Ese bar fue su único sueño cumplido. En los años 70, el bar se inauguró con las mejores perspectivas económicas y sociales. La barra de caoba iluminada con una luz fresca era el lugar más cómodo para aquellos que recitaban versos sueltos. Las nueces en vasijas doradas y ceniceros empedrados eran los detalles simpáticos, las mesas acompañadas de focos dirigidos las hacían ver como escenarios dispuestos a permitirle a cualquier persona a animarse a un monólogo. La clase alta contaba con un nuevo lugar amplio, muy bien iluminado y lleno de bohemia. Era un lugar sumamente espectacular. Como ya expliqué, el señor Zacarías no contó con la suerte prometida, y poco a poco fue viendo el suelo más cerca de su rostro, hasta que en un momento conoció el sabor del fango.

Illapu, sentado en la barra, inició la típica charla rutinaria sobre el trabajo, los amores frustrados y el dinero perdido con el cantinero que permanecía mudo. Procedió a dar primer sorbo de su cerveza con la mayor esperanza de refrescar la cansada tarde de trabajo mecánico. La encontró. La cerveza no solo era deliciosa, sino que guardaba una magia única de miles y miles de días de secretos del señor Zacarías. No se pudo controlar, que hechizo de dioses guarda en su frescura – se decía, y, sin sospecharlo, Illapu ya probaba el tercer sorbo del tercer vaso. Los cigarrillos se consumían al igual que la cerveza, e Illapu se perdía en la embriaguez. Acariciaba la barra sintiendo su superficie fresca y resplandeciente. Acercaba su mejilla para sentirla con más pasión. La olía y la volvía a acariciar. La barra se engreía y cada vez se mostraba más bella, él la lamía y le hablaba. De repente, como un trueno en plena luz del día, se escucha el dulce arpegio de una guitarra barata buscando la afinación exacta para una voz aguda. Illapu, gran mediocre en instrumentos pero amante de la música, voltea con agrado y con la esperanza de ser participe de un buen espectáculo. Agárrense!, gritó por ahí un andrajoso borracho. ¡Silencio todos!, exclamó otro bebedor con una copa de tinto en la mano. Esto no puede ser malo, pensó Illapu sonriente, y gozó una vez más del sabor de su exquisita cerveza, matizando su aroma y sabor con el cigarro negro, mezcla que, al ser adherida a su mismísimo centro, lo elevó al divino placer de la erección.
El cantinero cantante, el borracho del pañuelo azul en el coro, el músico rígido en la guitarra barata, un pelón en las cucharas, y un par de meretrices en las palmas. Y así inició, un ligero sabor a son cubano y vals criollo, una combinación extraña, pero preciosa a los oídos. El público emergía en goce y diversión, las cervezas se vendían cual pan caliente y crujiente, y los silbidos casuales prestaban un sabor bochinchero a un buen ritmo improvisado. Ebrios sobre las sillas, espuma burbujeante cayendo al suelo, escotes despampanantes mostrando los secretos, cenizas como murciélagos posándose en los cabellos, yerbas aromáticas irritando ojos sangrientos: eran “Los Borrachos” en una sesión de ditirambos en nombre de Dionisio.
Las cervezas hacían su peculiar efecto e Illapu optó por ponerse de pie para dirigirse al baño. Las sillas se le atravesaban en su paso redoblado, pero él solo las esquivaba y maldecía. La camisa se le escapaba del pantalón, al igual que unas muecas inescrupulosas se le escapaban de su rostro chapado a la antigua.

Bastante sucio es un buen eufemismo para describir la mierda en que se encontraba sumergido el “baño de caballeros”, pero que se iba a hacer, la necesidad suele hacer cosas sorprendentes. Se bajó la bragueta, apuntó cerrando un ojo para ser preciso y, luego de terminar su típico rito de observar a los lados cuidándose de cualquier sorpresa homosexual, empezó a descargar los varios litros ingeridos previamente. Silbaba al compás del ritmo de la guitarra, que aún en el baño gozaba incansablemente. Llegado el fin de la entrega al urinario, se observó en el espejo, y mientras se acomodaba aquel cabello rebelde que se paraba en el surco de su raya al lado, percibió a una sucia mujer a sus espaldas. Illapu dio un brinco del susto y se golpeó contra el lavamanos. Sin darse cuenta, ya tenía una jeringa sucia inyectada en su cuello. No existía dolor, pero si la sentía muy profunda. Los efectos cambiaron, luego, un liquido terroso lo hacía estremecerse de ardor, como si el veneno corriera por sus venas, se expandiera entre sus músculos y le llegara hasta el cerebro donde ejercía su poder absoluto e iluminaba todo a su alrededor con colores de neón. Después, sintió que sus manos, sus piernas, su barriga y labios se iban inflando, su cuerpo crecía empachándose de tierra. En seguida, una explosión. Poco a poco, el buen Illapu se fue desahuciando, se encogía, se desinflaba, sus ojos temblaban, hasta que terminó rendido en el suelo mojado y sucio, estaba hecho trapo en aquel baño de piso de losetas ausentes y cubierto de colillas orinadas. Los ojos no se le cerraban, mientras más temblaban, más se le expandían. Era muy conciente de lo que ocurría en ese momento. El bar sollozaba por la felicidad de una nueva canción al público que se encontraba hilarante. Los punteos de la guitarra eufórica soltaban ¡olés! acompañados por bruscos zapateos. El alcohol desapareció de su organismo, sobrio como un colegial, fue arrastrado por aquella decrepita que no paró de jalarlo hasta una siguiente puerta, que a simple vista era difícil percibir por la confusión que creaban sus colores. Inaudito, era un nuevo cuarto, un dormitorio terrorífico, un aposento macabro. La anciana lo besó apasionadamente, tan intensamente que él sentía que le robaban el alma. Todo su cuerpo temblaba en aquellos brazos ochentones cubiertos de piel reseca y cicatrices. Ella erizó sus largas canas y, sacando un cuchillo para cortarle la garganta, le arrancó los labios y empezó a beber de su sangre.

¡Oiga!, le gritó el cantinero, ¿otra cerveza?.... No gracias, es suficiente, le contestó Illapu anonadado por lo sucedido. Pasó su mano una vez más por la superficie placentera de la barra resplandeciente, e inclinó la cabeza para asegurarse en silencio que estaba en la verdadera realidad. La música seguía revoloteando a los visitantes del escandaloso El Sol. Cuando, de repente, una bella mujer, tan resplandeciente como una violeta en flor de juventud, mete su mano helada bajo su camisa, e Illapu da un brinco enérgico exigiendo socorro. Volteó, y ahí estaba ella. Ella porque solo era Ella. La observó y no podía creer que tal belleza visite un lugar como El Sol. Ella le pide un cigarrillo, con aquellos ojos brillantes y arrasadores como estrellas fugaces, y él se lo brinda. Se lo enciende caballerosamente, deseando infinitamente aquellos labios de color sexo, y la miró salvajemente a los ojos, ojos que tampoco dejaban de observarlo.
La belleza acercó sus labios al oído atemorizado de Illapu, y le susurró una invitación al baño de mujeres; segundos después, justificó su impaciencia con una sutil confesión de necesidad. Ella no dejó de repetir avergonzada que era la primera vez que hacia semejante locura, él la miraba estupefacto sin importar si era el décimo hombre que la acompañaba aquella madrugada. Solo la deseaba, a quien le importaba esos inocuos detalles. Illapu voltea el rostro para observar el panorama de la fiesta que parecía estallar, y todo se convirtió en un silencio sacramental: las guitarras se callaron, las canciones se silenciaron, las cucharas se congelaron, la vida pausó. La pareja, agarrada de la mano, seguía caminando hacia el baño en su mundo erótico, cuando dentro de la gente, Illapu mira a la vieja señora sucia que apuntándolo con un arma, le gritó que nunca debió de haber aceptado tal invitación. Sonó el disparo y sintió el calor de la bala en el pecho. El calor era acompañado de un pequeño hormigueo. Observaba el chisguete de sangre desde su corazón manchando la espectacular barra, y mientras Illapu caía nuevamente al suelo rendido, se reiniciaba la jarana. Una nueva canción sonaba alegre de la tierra al cielo, Dionisio bailaba. La desdicha de Illapu creó un nuevo ambiente, y la madrugada se tornó displicente y desvergonzada. Todos bailaban y coreaban sobre la sangre regada que cada vez decoloraba más a Illapu. Él solo moría, y la bella mujer lo seguía arrastrando por el suelo con rumbo al baño. El sonido de los brindis se propagaba por todo el bar, al igual que los gemidos y las risas. Las luces se iban volviendo más intensas para los ojos convalecientes de Illapu. Sus labios se resecaban, su cabello se erizaba y caía. Una sangrienta escena con toques magistrales de Tarantino establecía un nuevo estilo de melodía macabra que acompañaba a la guitarra con el chispoteo de sangre en las suelas de los que bailaban. El mundo seguía invirtiendo su mensualidad laboral en alcohol y cocaína, mientras el Illapu de Vallejo solo seguía muriendo. Y luego, lo percibían cien, mil, diez mil, pero él únicamente insistía en seguir muriendo.

Señor, ¿otra cerveza?, insistió el cantinero con el secador en el hombro derecho. Aunque la cerveza nunca se acaba, le recomiendo que continúe con otra, le aconsejó mientras secaba la fina madera de la superficie de la barra. Illapu, pausando el canto de aquella antiquísima melodía que interpretaba el coro, le respondió, enfático: ¡porque no!. Al terminar su cerveza, más deliciosa que la ambrosía del Olimpo y más refrescante que la brisa del Caribe, Illapu se puso de pie. Se dirigió por entre la muchedumbre sudorosa a la puerta de salida. Una mano sospechosa lo cogió del hombro y lo obligó a voltear hacia ella. Aturdido por todo lo ocurrido, unos escalofríos nacieron de la parte baja de su espalda y subieron helados hasta el cuello.
Antes de poder abrir la puerta y escapar de este maldito antro, una voz aguardentosa lo despidió amablemente. El señor Andrés Zacarías le agradeció la visita con el humor de un padre amoroso y lo invitó a regresar pronto. Illapu aceptó gustoso la invitación y salió de El Sol, pero el sol ya había salido. Solo caminó tambaleándose buscando una nueva luna.