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La muerte de la religión: intempestivas hegelianas.

Por: Eduardo Yalán
Escultura: Flavio Fernandini


Quizás llamar intempestivas a juicios hegelianos es muy precipitado, sacar a un hombre de su momento histórico para juzgarlo es inadecuado si pensamos en qué ámbito éste personaje vivió. Sin embargo, Hegel (y sus juicios) son intempestivos con referente a la religión en nuestra época. Si bien este filósofo acertó en su tiempo, hoy sus consideraciones no son de interés, y eso no es por culpa de él. Hablemos en este pequeño texto de religión, de Hegel, y de la modernidad. Deseo explicar a “grosso modo” como Hegel entendió a la religión y en base a esto descifrar porque ésta ya no es de interés hoy en día.

Hegel entendía a la religión como una materia que debía de dar paso a la filosofía para que así pueda haber una relación entre lo finito e infinito, entre lo universal y lo particular. Esto es así: Hegel creía que la estructura máxima de la religión estaba en las leyes, existían leyes en cada religión y cada religión se definía a través de sus leyes, ya podemos señalar al judaísmo con los diez mandamientos de Moisés, los edictos del emperador Asoka, el código Hammurabi o las leyes del Manu; todas normas morales que determinaban a ciertas religiones. Lo que dice Hegel a continuación es interesante; si la ley (lo universal) surge a causa de la oposición del hombre (lo particular) ambos lados conformarían entonces un movimiento dialéctico, una confrontación entre el concepto mismo de la ley frente a la realidad de los individuos que se encuentran bajo su régimen. Superar la ley, ir en contra de ella, es superar a su contenido, en este caso a Dios, por lo cual esa acción de superación de la ley sería vista como un hecho punible. Es entonces como se completa el triangulo dialéctico (tesisantitesissíntesis) el castigo, esencia máxima del destino religioso, se convierte en la reconciliación de lo particular con lo universal. El castigo unifica al hombre y a la ley, ambas se encuentran incluidas en el castigo. ¿Ahora bien, si me castigan que sucede? Según Hegel, el castigo implica la autoconciencia del hombre, el mirar a si mismo, el replantearse los hechos punibles de la vida religiosa. ¿Pues que hace uno cuando lo castigan, no es encerrarse en su cuarto para llorar o pensar en los actos punibles? ¿Y que hacemos después?, ¿no es rogar por el perdón al agente castigador? Así pues Hegel decía que el perdón si bien no es la superación del castigo es la reconciliación con el destino, con las leyes. Así es como se unifica o se cierra el triangulo dialéctico: tésis (hombre), Antítesis (leyes) y la síntesis (el castigo).

Ahora bien, las cosas son así. ¿Porque creen ustedes que la religión ha perdido su importancia en nuestra cultura? Porque creen que ahora, si es que creemos en Dios, no creemos en la iglesia, o si creemos en Dios, no respetamos sus reglas. La verdad es esta: nuestra cultura moderna no es la más propicia para que hombres como nosotros mostremos interés por las leyes universales ni mucho menos nos motiva el castigo divino. Culturas como las que gobernaban antes permitían el desarrollo del proceso, permitían el castigo y el perdón, permitían una religión de servidumbre cuya esencia era el castigo. Poco a poco, con el crecimiento de la individualidad, el cambio cultural y el desenfreno particular se irán apagando grandes y antiguas antorchas, la religión ira perdiendo terrenos presuntamente conquistados; las leyes universales y el perdón ya no son ni serán de interés. Si bien estamos en una época de transición cultural, entre una cultura que amaba las reglas encima y otra cultura moderna que no muestra interés por las mismas, no dejemos de pasar por alto la lenta muerte de la religión. No nos hagamos los tontos o miopes, la época de la religión se esta disolviendo, los conservadurismos se mutilan a si mismos, es hora de que llegue una nueva cultura, un nuevo mundo.

Ética demostrada según el desorden afectivo

Por: Eduardo Yalán Dongo


Comenzaré con esta pregunta: ¿Qué es más ético, controlar nuestras emociones, pasiones y sentimientos por el bien común o hacerlo para satisfacer nuestro propio conocimiento, el conocimiento de nosotros mismos? La pregunta, especialmente para los filósofos moralistas, religiosos y demás ascetas políticos de segunda, es simple: el bien común o la libertad es el objetivo que se ansia para generar una conciencia del otro, para aproximarnos al entendimiento de los derechos humanos. Se oyen soluciones éticas como la tolerancia, el respeto humano, la libertad, el bien común, la autonomía, la libertad pensada, entre otras. La ética ha hecho que estos conceptos sean aplicados a todas las profesiones, ciencias y demás sofisterías dejando que ellas se ilusionen pensando que es más ético un profesional que duerme sobre las sabanas de lo que debe ser el mundo, objetivamente hablando. La ética en general exige, para lograr este objetivo, no solo el involucramiento de las pasiones, sino que ante todo busca y desea su domesticación, desea que nuestras pasiones sean paralizadas y sesgadas de toda actividad con los otros. La relación de las pasiones con la ética es muy importante, tanto para la apreciación que podemos tener de las pasiones mismas como para comprender a la ética (ethike, ethos) misma, ambas se encuentran íntimamente relacionadas.

Para comprender todo este caos debemos primero definir a la ética en cuanto a disciplina y etimología. La palabra ética proviene del griego ethos o ethike, que significa al parecer indistintamente costumbre o carácter. La traducción latina de esta palabra ha hecho que poseamos dos significados que el vulgo ha comprendido como sinónimos: moral y ética. La moral (mos, moris, mores) es la traducción latina del termino griego ethos, que significa y se aboca más al sistema de valores inmanente en una comunidad, pueden ser estos herencia de generaciones pasadas o creaciones de algún jurista del estado. Por otro lado, la ética tiene una connotación my distinta; ella no es más que la reflexión filosófica sobre el sentido de dichas normas morales.

La ética es sobre todo una “manera de vivir”, permite saber qué sistema de creencias es el más deseable, para la ética, se entiende desde luego, “todos somos competentes para opinar”. Todos poseemos una manera de vivir, como dice Miguel Giusti en un análisis de la ética contemporánea: “Si decimos que una persona no es ética, entonces estamos diciendo que [las personas] no posean una concepción valorativa de la vida” Toda persona pues posee una ética y decir que una persona, por un acto inmoral cometido, no tiene ética es muy precipitado, incluso para el vulgo.

Ya lo dice Hegel en su Principio de la Filosofía del Derecho: “Pero, aunque moralidad y ética, de acuerdo a su etimología, fueran sinónimas, esto no impediría servirse de estas distintas palabras para conceptos distintos.” Claro, Hegel expone a lo largo de todo el aforismo 33 de este libro una distinción que no tiene nada que ver con el concepto ética o moral que conocemos, dice Hegel que la moral corresponde mas a lo enseñando por Kant y la filosofía moderna y que la ética, por otro lado, esta mas abocada a las enseñanzas aristotélicas y su persecución de la felicidad (eudaimonía). Entonces la ética es un factor en sí y para sí del hombre, un factor subjetivo y no objetivo, la ética no es moral.

Así como no debemos confundirnos con la terminología entre ética y moral, tampoco no debemos dejar de lado a Hegel en las disertaciones que conciernen a la ética. La visión que Hegel da a la ética se cierne en su concepto expuesto en la fenomenológica; el espíritu objetivo. El espíritu, esa extraña conciencia humana colectiva ha sido interpretado conforme su época, con forme los ideales de libertad y su graduación en el tiempo.

Si para Hegel el espíritu representa la vitalidad de las cosas humanas, en la ética esta vitalidad se refleja en el espíritu objetivo, la forma como se encuentra integrado el sujeto y la sustancia, la forma en como la libertad se encuentra plasmada en las instituciones de la sociedad; el principio de la filosofía del derecho. El ethos no se encuentra, según Hegel, en como dotemos al sujeto o a la sustancia independientemente valoración; los antiguos (los predecesores de Hegel) buscaban ante todo, en la ética, un sentido de bienestar común, de ideal de vida, algo fétidamente platónico. En la sociedad de Hegel, eran escasos los espíritus libres, aquellas personas que sobrepasen ese bienestar común aristotélico.

Comenzará con esta eticidad de Hegel, una carrera moral por el reconocimiento. La célebre figura del amo y del esclavo en la fenomenológica del espíritu es la referencia más inmediata de cualquier hegeliano, una dialéctica que se enfoca en dos procesos básicos: la búsqueda y obtención de reconocimiento y libertad. Esta lucha dialéctica la recogerán tanto Marx, Nietzsche Kierkegaard y Stirner. La ética refiere, si continuamos guiándonos por Hegel, una satisfacción dialéctica que se sacia solo a través de la libertad y el reconocimiento, de cómo las instituciones salvaguardan por estos objetivos humanos. ¿Pero, y que conmigo? ¿Debo siempre buscar la libertad sin buscar la satisfacción de mi causa? ¿Debo ser egoísta?

Entonces ¿Qué es lo preferible? ¿Qué es mas ético, que denota más libertad?: ¿el desenfreno de las pasiones o quizá su represión por el bien común? Lo que siempre ha quedado pendiente ha sido nuestro espíritu sensible, nuestros deseos indeterminados, nuestras pasiones, nuestras emociones, afecciones y percepciones; ¿y aun así se le sigue insultando al ser humano diciéndole que reprima a su alma sensible?

Lo más óptimo, lo más ético, lo mas saludable, la buena conciencia, todo lo que es se inicia en el desenfreno de nuestra alma sensible, en el paroxismo de los sentidos, en trascender del cuerpo al espíritu. La libertad no se consigue en la sociedad sino en la inmanencia de nosotros mismos para con el todo, el reconocimiento es mas plausible si lo apreciamos como algo introspectivo, como un reconocimiento de nuestras fuerzas. ¿Pero la libertad se alcanza acaso en el dominio de las pasiones por el bien común? ¿Por el respeto de un Dios? ¿Es la razón y la pasión una lucha constante? Al parecer si, pero, para un espíritu libre (atención con esa palabra) la razón y la pasión se integran, se balancean. El principio del amor al prójimo; amate a ti y para amar a los demás: matate a ti mismo.

La ética no se encuentra en el cuestionamiento de un Dios muerto, ni en dotar de valor a nuestro propio yo; la ética debe de apuntar al olvido y supresión del yo para dar paso a una liberación de las pasiones. ¿Y la razón? La razón se introduce en nosotros cuando fluctúa la muerte del paroxismo, con la muerte de Dionisio, la razón (no la idea de que tenemos de un afecto) es el camino para saber y conocer nuestras fuerzas, aquellas entidades o Dioses (como las llamaría Deleuze) que nos comprenden. ¿Moral de las pasiones? En realidad hay que matar a la moral, en realidad hay que desenmascararla, en realidad no existen fenómenos morales, sino una interpretación moral de los fenómenos, como decía el filosofo. Dicho sea sin eufemismos; no son validos ninguno de los valores morales que proponemos a diario; la ética, por otro lado se encarga de desenmascarar, cual axiología, a dichas normas ascetas, a esos comandments que a diario nos retiran de nosotros mismos, que periódicamente están construyendo una exaltación maléfica de nuestro yo:

“Dios y la humanidad no basaron su causa sobre nada, sobre nada más que ellos mismos. Yo basaré, entonces, mi causa sobre mí; soy, como Dios, la negación de todo lo demás, yo todo para mí, soy el único (…) nada esta por encima de mí”. (Max Stirner. El único y su propiedad)

El amo y el esclavo: reflexiones post-hegelianas




Por Eduardo Yalán Dongo

En el capítulo de la autoconciencia (Selbstbewuptsein) del libro, La fenomenológica del espíritu, GWF Hegel escribió lo que se convertiría en la más polémica y debatida forma del entendimiento humano: la relación del opresor y el esclavo. Deseo detenerme en puntos principales de esa teoría evitando la explicación total de la misma.

En un primer punto Hegel dice que la relación de las dos autoconciencias del amo y el eslavo se encuentran en una lucha constante por el reconocimiento (punto que rescataría Francis Fukuyama en su mal criticada El fin de la historia y el último hombre). Es decir, que el opresor ha ganado un cierto reconocimiento, pero dicho reconocimiento (thymos) ha resultado meritorio (ha sido su justo premio) debido a la previa lucha sostenida entre el ahora esclavo y él.

En un segundo punto, Hegel dice que la ventaja del opresor es la de dominar completamente al trabajador; su goce es ser el que decide las ordenes y el que somete (es el opresor el que a través de la razón controla la realidad y por ende al individuo esclavo). Asimismo, Hegel diría que la aparente desdicha del esclavo se torna en esperanza dialéctica si es que pensamos en el futuro del eslavo, una ventaja frente a su amo, y una esperanza para convertirse él mismo en dominador: la ventaja es que, al contrario del amo, el esclavo conoce su trabajo de cerca. Es el esclavo el que sufre y es el esclavo el que conoce cómo salir de ese sufrimiento (con respecto a esto, Nietzsche decía que únicamente el individuo que sale de la mentira es aquel que la ha padecido). Esta postura fue tomada en cuenta por el movimiento negador marxista que introdujo una visión radical indignándose de que exista un opresor y un esclavo; el marxismo comunista quería deshacerse de la propiedad y del único (del dominador).

¿Pero que nos evoca todo esto? Bueno, al parecer, y si seguimos la tesis nietzscheana de que la vida es voluntad de poder, entonces podemos afirmar que nuestra vida se encuentra sujeta a una relación de amo y esclavo; es decir: o somos sometidos o nos someten. Pero esta relación no se restringe al plano exterior, al plano social, también somos sometidos por procesos afectivos. Pues bien a veces el amor, el odio, la venganza e incluso la alegría someten a nuestra razón y nos convertimos en “esclavos”, en sometidos. Sin embargo existe un problema: al pensar que somos “esclavos” y sometidos sentimos que nos quitan reconocimiento y/o conciencia, entonces catalogamos a nuestros opresores como perversos (malos, para hablar en cristiano) y los negamos totalmente. Entonces a través del conocimiento de nuestro trabajo (a través de nuestra exigencia de cordura y de intelecto) sometemos al ser “malo” que nos oprime (a las afecciones o individuos sociales), lo que genera una estricta coerción: represión.

La represión es negación, la contradicción también es una represión y tal como nos enseño los viejos Freud, Jung y Lacan; la represión es el veneno del alma. Entonces, la dialéctica del amo y del esclavo no debe ser comprendida, actualmente, como una supresión y no integración de un polo (amo o esclavo), la praxis es la afirmación y no la negación de algo, actuamos afirmando y no negando; “la lucha -dicen los marxistas de quilca, los chomskianos ollantistas, los intelectuales negadores de emociones, o los antiimperialistas rasca panzas- se basa en la negación, en suprimir la clase opresora”, pues he allí su error: pues debemos matar y no encerrar en el closet. Tanto nuestras afecciones (hoy por hoy en el mundo de los sentidos) como los “tiranos imperialistas” funcionan como opresores, lo cual debe ser una buena excusa para que nuestra razón (ahora, en el mundo de los sentidos, sometida) como nuestra cultura tercermundista busque una integración, ¿Qué es eso? Una comprensión, un pulir la mente, dejar de valorar sobre causas y efectos que merecen ser fusionados.

A continuación el más pelotudo, promiscuo represor, alienante escribal, negador de la cultura, historicista con duras hemorroides, el pseudo filósofo “José Pablo Feinmann”, aquel que cree que la mentalidad escribal todavía es la dominadora de nuestra sociedad, pues señor: estamos en el mundo de la estupidez, !estamos en el mundo de los sentidos!

Nuestro pesimismo en el proceso del ser



Por Eduardo Yalán

Aristóteles decía que la esencia de cada cosa es lo que de cada cosa se dice que es por sí misma (Aristóteles. Metafísica, VII), es decir, que la definición del ser y de su existencia implica no solo su conocimiento actual, sino antecedente; comprendamos ahora que todo el proceso o desarrollo que implica al ser actual, de alguna manera define la esencia del mismo. Pongamos un ejemplo bárbaro: Cuando Hegel vio a Napoleón en los campos de Jena (al éste de Alemania) el filósofo afirmó, en sus escritos, que en realidad estaba contemplando al absoluto o al todo y no al gobernante francés. ¿Cómo es esto? Bueno, en realidad Hegel no vio a un francés que quería degollar a Federico Guillermo III, sino que Hegel apreció (tal como lo hizo también el joven Beethoven) que en Napoleón estaban comprendidos una “historia”, un proceso, un espíritu, que vislumbraba al ser y llegaba a parar hacia el sujeto. Es como decir que cada semilla en potencia es un árbol, pero que el árbol es solo un cascaron vacío si es que este no está comprendido por un proceso que esté, desde la germinación de la semilla, hasta el árbol. En el caso del hombre es lo mismo, necesariamente hay un espíritu (proceso) que lo comprende. Pero si maximizamos esta cuestión podemos afirmar que el espíritu de nosotros, en cuanto sujetos, es nuestra herencia cultural/familiar, es decir, desde el comienzo del primer hombre hasta ti, tu eres el espíritu, tu eres las generaciones.

Proceso=Espíritu
Espíritu=Hombre

Y, si seguimos este ejemplo, podemos afirmar que cada uno de nosotros, seres humanos, no somos únicamente meros seres individuales o desheredados, sino que somos la manifestación del todo, de una historia que nos precede, de un espíritu absoluto que se manifiesta en nosotros, somos las neuronas de Dios (para hablar en buen cristiano).

Pero, ¿Qué me interesa eso a mí? Bueno, en esa particular cabeza de naranjos y páginas de colores debe existir, por lo menos, una idea de lo que eres. ¿Haz preguntado acaso si eres un ente que, debido a sus cualidades y/o características particulares, desea matar al espíritu, a lo absoluto, a ese proceso que te antecede? Y quiero que se entienda la palabra matar como un transformar, integrar. Entonces, ¿que nos es justo matar de todo ese proceso previo que nos comprende? (Tomando en cuenta que necesariamente, si estamos matando a ese espíritu, nos estamos matando a nosotros). Para hacer más clara esta reflexión: ¿hemos notado lo cuan pesimistas somos? ¿Nos hemos dado cuenta de que el pesimismo siempre va a estar muy bien visto yuxtapuesto al optimismo? ¿Por qué siempre una opinión pesimista va a ser siempre más seria e importante que una opinión optimista? ¿Es el pesimismo de nuestra cultura una herencia que debemos matar o es acaso un germen dialéctico que solo ha molestado durante todo este tiempo?

Pues les presento a esa, nuestra pena, cargar siempre con el espíritu, porque nosotros (estoy hablando a la gran masa aparente y sórdidamente temerosa) no sabemos matar al espíritu. Así venga un marxista, un hippie, un marihuanero, un borracho necio, un individualista, un ateo, un intelectual subversivo, un negador del espíritu; siempre se va ha quedar allí, siempre será un dialéctico. ¿Y saben lo que es ser un dialéctico? Una persona que se enorgullece en contradecir y negar. ¿Y saben lo que es contradecir a lo establecido? Es sola y únicamente cambiar de postura, es seguir jugando a las manitas con el viejo y obsoleto espíritu, es seguir en la misma mierda, es actuar en base a lo que el otro diga, es negar por mero capricho a lo moral y justo: solamente haz cambiado de postura. Entonces ¿Qué es matar al espíritu? ¿es acaso negarlo, o contradecirlo? No señores, la mejor manera de matar al espíritu es buscar su integración ¿Acaso Nietzsche dijo Dios no existe?

Digamos, por último que esta nueva epoca (la posthistoria, la tercera ola, el post nihilismo, la electronalidad linguistica, el mundo de los sentidos) va ha forzar a generaciones precedentes a matar al espiritu, será de ellos el goce, no de nosotros.