Una Gárgola en el armario: a propósito del amor en la cultura moderna.

Fotografía: Javier Ramirez Noriega
Por: Eduardo Yalán Dongo

"we gotta go now, bye bye...
whe have some good times...
But`they`re just about gone
about the break of day!"
Jim Morrison

Umm, no recuerdo bien, pero creo que tenía como 9 o 10 años cuando en navidad mi papá me compró una Gárgola; la Gargola Goliat, de la serie de dibujos animados. La gárgola era increíble, morada, con una revestimiento de piedra de a mentiritas (porque las gárgolas de día se convierten en piedra), y con unas alas increíbles que se agitaban cuando juntabas las piernas del muñeco…increíble. Pero entonces pasan los días y pasa la vida y la Gárgola fue pasando de moda y la serie repetía los mismos capítulos y como que ya cansaba ver a Goliat, Brookling y a esa gente en el mismo castillo sin baño. Así que mismo Toy Story 2, me cansé de jugar con Goliat y lo agrupe junto con Chaca de virgo, el batimóvil, unas fotos de primaria, otras de secundaria, un Picoro Daimacu y un soldado de los años 50 que mi papá me había regalado. Todo dentro de una caja, una caja de zapatos amarilla que hasta hace 1 día tenía en la parte de arriba de mi armario. Ahora bien, yo no juego con Goliat, no lo visito todos los días, ni le hago caso, y por nada del mundo quería regalarlo, a nadie. ¿Para qué entonces lo guardaba? ´

El primer feminicidio ocurrido este 2010. Jairo Retuerto con una agripada locura cargo ambas manos al cuello de Lizeth Rodríquez, le dio dos fuertes sacudones, izquierda pow, derecha paw (según peritos) y la hizo dormir para siempre. Lizeth quería ser arquitecta, estaba cursando la secundaria y tenía muchos planes para su vida, lastimosamente entre ellos no se encontraba Jairo. Al parecer este se dio cuenta (casi al final de la relación) que esta misma ya no funcionaba, que el juego del playstation y del Nintendo, facilitado por el negocio de sus padres, lo abstraía completamente de la realidad afectiva…despertando solo cuando escucho "Esto no va más”. Este no pudo bailar con la noticia, no pudo creer lo que le estaba diciendo y, con una segura (y comprensible) aceleración del pulso y respiración y además de una angustia visceral intensa, terminó de ser seducido por las más violentas emociones. Pobre Lizeth, sus sueños eran muchos, bastantes quizá, ser arquitecta, casarse, vivir con otra persona, viajar, miles de situaciones, pero ella no era de las mujeres que guardan Goliats arriba de su armario.

Tofler señala en su libro “El shock del futuro”:

“(en esta cultura moderna) En vez de estar ligados a un solo objeto durante un
lapso de tiempo relativamente largo, nos hayamos ligados, durante breves
períodos, a una sucesión de objetos que sustituyen a aquel.”

La relación con las cosas afecta a tus impresiones y a tus sensaciones; en resumidas cuentas, sientes emociones cada vez más reducidas, modales, transitorias, fugaces o a corto plazo. Es decir, en esta cultura: chau matrimonio, chau emociones mutables, chau planes sedentarios, chau monogámia, chau fidelidad; si quieres todas estas cosas, o te consigues a una cristiana o nadas contra la corriente (poco aconsejable). Pero no hablemos que el amor “ya no existe”, no. El amor existe aún pero ya no con ese revestimiento abstracto, como se lo concebía antes, sino de una forma carnalizada, mas expresiva, mas intensa. Si bien en esta cultura el amor es fugaz y a corto plazo, las emociones que se expresan en este breve tiempo se han tornado mas intensas, mas calurosas; antes solo el desarrollo de una, solo una emoción (ejm. Amor) en la vida del hombre común, costaba años de consolidación, convencimiento, y sometimiento. Hoy, sin embargo, lo que aquellos hombres se esforzaban en hacer en años, hoy lo gozamos en semanas. Igualmente, lo que antes solo se sentía una vez y de forma reducida, hoy se siente en una multiplicidad dentro del tiempo y espacio transitorio…algo que da miedo y también curiosidad.

Al final Lizeth no tenía la culpa de nada, ella solo fue la consecuencia de esta sociedad de “úsalo y bótalo” ¿Por qué matarla? Ella era de otra época, de otra cultura, 4 años menor que Jairo…y bueno…Jairo…Jairo….Jairo solo quería una Gárgola en el armario.

Manifestaciones de lo sexual en lo cómico andino

Por: Eduardo Yalán Dongo
Fotografía: Diego Miranda
“Solo cuando subimos hasta una sociedad
refinada y culta se agrega la condición formal
del chiste. La pulla se vuelve chistosa y solo
es tolerada cuando es chistosa”.
(S. Freud. El chiste y su relación con lo inconsciente)

Cuando revisamos específicamente el desarrollo de los chistes andinos dentro del contexto rural podemos aseverar que el 80% de estos se abocan a temas sexuales desde predominios de la analidad, violación, zoofilia, parafilia, y hasta chistes vinculados con la iglesia. La manifestación de lo sexual en los chistes andinos demuestra que existe, como afirma Freud, una afinidad al develamiento de lo sexual distorsionado (“obsceno”), característica que divide a esta sociedad rural con la nuestra (urbana); digamos que la denuncia sexual de los chistes andinos remarca esta diferencia no solo cultural sino psicosociológica.

La analidad en lo cómico:

Según Freud en la etapa psicosexual infantil, para la representación, existe en alguna medida una cloaca dentro de la cual lo sexual y lo excrementicio se separan “mal o no se separan”. El interés de los chistes andinos por la analidad parte de esta edad psicosexual infantil y se extiende hasta la edad adulta configurando rasgos e intereses. Sin embargo, las heces no solo están vinculadas a los rasgos excretorios, higiénicos, de puntualidad o sexuales, sino que implican una relación con el valor material, más específicamente, el valor del dinero. El dinero es “sucio”, “cochino”, e “impuro” según las etiquetas que le damos (es necesario recordar a nuestra madre decir: “lávate las manos porque haz agarrado dinero”). No basta citar los diferentes cuentos que relacionan a la analidad con el dinero, como la gallina que pone huevos de oro, o el burro que excreta oro, o la piedra (cuento japonés) que da dinero a un campesino por una extraña cavidad en su parte trasera. Debemos de acotar también que, esto según Freud, el papel sexual de la mucosa anal en manera alguna se restringe al comercio entre hombres, tal vez su interés adulto por la atracción anal parte de una insatisfacción de la etapa infantil (etapa cuya característica principal es la estimulabilidad erógena de la zona anal).

Siguiendo con estas características sobre la analidad, se puede precisar que el niño andino desarrolla un sentimiento contradictorio por las distintas valoraciones (entre ellas la atracción) que se le da al ano y a las heces, no es de sorprender que las primeras palabras bien pronunciadas del niño en el juego hostil sean “caca, poto, pedo”. El chiste sobre la analidad demuestra por tanto no un problema a sublimar en la cultura andina, sino una exteriorización de los signos de vida del niño andino, signos que pueden servir como punto de partida para la integración de esta etapa primaria con la etapa adulta; pero definitivamente no estamos hablando de la sublimación de esta primera. Lo que sí podemos suponer es que existe en cada chiste andino sobre analidad dos roles: el rol espía (el rol que ha visto de primera mano o mantiene la imagen descrita y por tanto esta lleno de excitación sexual) y el rol narrativo (rol que abandona momentáneamente el carácter sexual para convertirse en el sujeto que cuenta lo visto haciéndolo cómico). Ambos roles en la cultura cómica andina están portentosamente presentes de tal manera que otro chiste (urbano) no causaría gracia alguna ni siquiera a los niños.

2 Chistes andinos sobre analidad:

El chiste del pajarito: Jacinto mete sus excrementos en el un gorro y se los enseña al sacerdote diciéndole que encontró un pajarito. El sacerdote mete la mano y se embadurna con las heces, cuando trata de librarse de ella se golpea la mano, y, para calmar el dolor, se chupa el dedo.

“La rapidez y el ají en el ano”: Analogía de cómo un niño, al igual que un burro pueden ser estimulados en el ano, con ají, para que logren rapidez en el desplazamiento.

El sacerdote dentro de los chistes andinos sobre analidad:

Es muy interesante, dentro del chiste en la cultura andina, reconocer que el 50% de los chistes sexuales sobre analidad incluyan al sacerdote católico como personaje. Los productos fecales en el chiste del pajarito enfatizan y/o otorgan al sacerdote un valor de rechazo, de “catectización” de las heces y su comprensible vinculación con el hombre lascivo religioso. El sacerdote en los andes es visto también como un ermitaño cuya soledad lo ha llevado a los torrentes de la lascivia pura y el fetichismo por lo infantil.

En el cuento “Tayta cura” se puede, claramente, analizar este valor. El chiste describe un personaje como seductor de una joven aldeana, con quien ejerce su poder y la engaña diciéndole que “si se quiere entregar a Dios, se entregue sexualmente a él” y sale embarazada. El chiste es una denuncia sexual por parte de los sacerdotes que, sobre todo en época colonial, abusaban de los niños en las provincias andinas del Perú. Obviamente que el chiste se convierte en hilarante y genera una respuesta cómica, pero esto no es más que la estética de la comedia cuya verdadera esencia se encuentra en la denuncia detrás del gran telón: El temor hacia los sacerdotes por parte de los niños y niñas y el posterior rechazo en la edad adulta.

No extraña por tanto que el 60% de sacerdotes practique las relaciones sexuales frente al 26% que prefiera los tocamientos a niños menores. Quizá de aquí parta la relación Anal-sacerdotal (Sacerdoanal, no le caería nada mal) en los chistes andinos, el sacerdote por tanto se convierte en el sujeto relacionado con la putrefacción, el asco, la antihigiene, valores que la iglesia de forma casual ha construido con la reclusión. El sacerdote por tanto se convierte en obra cómica en los Andes por obra de los que les temen, el desnudamiento de su animalidad es hilarante para las personas que ven demolida su propia edificación de tabú frente al sexo. Esta risa por parte del “mal educado” que se burla del representante de Dios, es una consecuencia de la mala adaptabilidad del cristianismo purista en los terrenos de la palabra oral, de las culturas tribuales, de la realidad andina; a ello su relación con la analidad y su desprecio pero también su innegable éxito…lo ridículo jala a la vista.

Resiliencia en la infancia Andina: Bases para la educación afectiva.

Por: Eduardo Yalán Dongo
Fotografía: Diego Miranda
"No obstante, la emoción es el fundamento
de lo racional y el campo donde se construyen
las conductas y el lenguaje, donde
efectivamenteaceptamos al otro como legitimo.
Es decir, la emoción es el campo que hace
posible la convivencia y la democracia."
(Teresa Tovar: sin Querer Queriendo;
Cultura docente y género)

Es inevitable, cuando hablamos de infancia andina, no dejar de mencionar la mala educación que esta recibe por parte de los agentes del estado y porque no, quizá de entidades privadas. Sabemos de ante mano que la infancia en sí es sinónimo de educación, que la educación a su vez es trabajo, y el trabajo finalmente es economía (pobreza o riqueza). Sin embargo, siguen los problemas sobre la educación en estos sectores principalmente en Ayacucho, Huancavelica y Apurímac y subyace nuevamente la pregunta de los más exacerbados: ¿Qué sucede con la educación en el interior del Perú? Sin embargo, es más acertado preguntar ¿Cómo miramos a la infancia andina? Existen pues sujeciones que limitan a la infancia andina y una de ellas es la postura adultocentrista/urbanizada que inevitablemente se cuela dentro de las soluciones políticas, educacionales y, también, dentro de las cognitivas, del imaginario popular.

“Pobre niño, no tiene infancia” se refieren quizás las personas urbanizadas cuando ven a un niño andino con responsabilidades tales como ayudar a su padre en las tareas del agro, o criar a sus pollitos. Pero el primer error es que atribuimos las características de la infancia urbanizada, (ese proceso numerado) a la infancia andina. El infante citadino es un número y solo el número (la edad simbolizada) le dará responsabilidades democráticas dentro de una política supuestamente abierta, creemos con esto que la infancia en sí esta contenida dentro de este primer y minúsculo concepto. Pues bien, la infancia andina es una infancia oral, que cree en las responsabilidades, que estima la relación con el medio ambiente, que no tiene una figura paternal claramente fijada, y que esta sometida, claramente, a la resiliencia. La propuesta educativa, entonces, no tendría que enfocarse bajo fundamentos que promuevan el intelectualismo y la racionalidad, sino la educación afectiva, el tipo perfecto de educación que les posibilitaría administrar sus decisiones dentro de un ambiente democrático. Los afectos son más próximos a la resiliencia y a la cultura oral que los procesos de tipo racional y escribalizados.

El educación afectiva que se transmite a los niños en los andes se basa en la inteligencia emocional de Lawrence Shapiro y David Goleman. Sin embargo, como ya se ha mencionado anteriormente en este blog, la inteligencia emocional parte de una base racional/escribal, lo cual impide una optima penetración en terrenos orales o electronales. Se enseña a los niños sobre la empatía, autocontrol, simpatía, cordialidad, amabilidad y respeto, valores poco recomendados para la resiliencia, es decir, para la adaptación a un ambiente “animalizado”. La educación afectiva por tanto no debe apuntar a una sistematización del autocontrol y el sometimiento racional, no se debe apuntar a desarrollar la capacidad cognitiva, sino a dotar de dominio afectivo dentro de un ambiente determinado al sujeto, en este caso al niño. ¿Cómo? La educación afectiva debe apuntar al reconocimiento de las emociones por parte de los niños, desarrollar tareas y talleres (juegos, actividades) de autoestima, creatividad, identidad, humor, convivencia y expresión emocional. Esto, con el fin de ser mas directos y precisos con el objeto de estudio ha analizar: La infancia andina

La griega pendeja y un cuento del Corán*


Por: Eduardo Yalán Dongo

Un buen profesor de lingüística hablaría así a sus alumnos: “Nacimos explícitamente en el 800 a.C.” Explícitamente quiere decir formalmente, quiere decir, a su vez, que se ha dejado de lado lo implícito, a saber; la parafernalia y la nadería de lo no registrado. Ni 6 mil (aparición de la escritura fenicia) ni 2 mil a. C (aparición de la escritura consonántica) han explotado tanto nuestro mundo real como el 8 mil a. C. : fecha oficial del nacimiento del alfabeto. Evidentemente el alfabeto como tal había sido implícitamente utilizado por otras antiguas culturas; la fenicia, la etrusca o la infaltable hebrea, entre las más mentadas, pero fue la cultura griega con su carnosa vitalidad la que formalizó la invisibilidad del mando.


Un Cuento del Corán:

Para explicar todo esto, (y para calmar precoces excelsitudes) refiero a una pequeña anécdota ocurrida hace poco. Estuve de visita en una comunidad islámica ubicada en una parte céntrica de la ciudad de Lima (Perú) con el fin de completar una actividad universitaria. Al llegar a dicha comunidad me recibió el encargado del centro, que me presentó al mínimo de devotos del lugar. Entre las personas que se encontraban allí estaba una en especial, una especie de “pastor” o “intermediario de Dios”, como ellos mismos refieren. Este personaje hablaba aun el idioma de raíces semitas y necesitaba un intérprete para satisfacer las preguntas que le efectuaría. Evidentemente yo no entendía ni un "real" de este idioma, pero si sedujo mi atención las palabras no consonánticas que se repetían en demasía cuando el religioso hablaba, palabras como: “Allah, Sahada, Salat, Saum, Zakat, o Hajj.” Apuntando de forma aleatoria en una libreta, me dí con la sorpresa que la letra A, E e I (en ese orden) eran las letras que más se repetían de ese idioma. Trabajando después ese hecho, sabía de antemano otro mucho más curioso, aquel que afirmaba a los primeros griegos como inventores del vocabulario. Cualquier mortal glorificaría a esos viejos enclenques, pero quizá no fueron tan gloriosos como los imaginamos, sino más bien unos vulgares picaros del campo.


La Griega Pendeja:

Cuando revise la "invencion" del vocabulario griego, coteje también que su aparición estaba demasiado relacionada con el desarrollo de ciertos cambios políticos, guerras y falta de dominio en la civilización. ¿Para qué formalizaron los griegos el alfabeto? Sería la pregunta más acertada. La respuesta estaría en la Democracia griega, en el mando, en la tiranía y la sed de dominar. La democracia griega era una política tiránica, salvaje y unidireccional, la democracia griega no era como nuestra democracia actual, que con alada postración solemos admirar. Sabemos pues que algunos mandaban en este sistema político, y que muchos obedecían (hecho perfectamente entendible). Sin embargo, los griegos formalizaron el alfabeto básicamente no por un tema de comunicación o ingenio supino, sino porque el vocabulario es el instrumento más propicio para mandar, a comparación de las consonantes, que se prestan mucho más para la interpretación y el debate. ¡A! ¡E! ¡I! ¡O! ¡U! es más ruidoso y tórrido que ¡K!, ¡Q!, ¡B! ¡C! si vas a mandar o dar una orden, pues es más lógico hacerlo con las vocales que con las consonantes.

Regresando a los adeptos del Islam, su fonética encierra una particularidad. Si bien ellos pronuncian letras del vocabulario, lo hacen con mayor frecuencia en las indicadas anteriormente: A, E e I. Pero estas, a pesar de ser vocales y a pesar de estar aljofaradas dentro del cuadro del “mando/dominación”, pertenecen, por fuerza fonética, a las llamadas “letras sumisas” o “letras de sumisión”. La “A”, “E” y la “I” expresan mas sumisión que la “U” o la “O” que son directamente vocales de dominación. Un mensaje que utiliza debidamente el vocabulario puede hacer que una persona reaccione de forma sumisa o que se exalte de forma aguerrida. El islam (múslim/musulmán/sometido) denota en su misma fonética sometimiento, la fonética alemana, por otro lado, denota poderío y exaltación: “Proletarier aller Länder, vereinigt euch!“ (Proletariados del mundo uníos) una fonética dura, seca y mandataria.

Si despejamos el vocabulario y nos encontramos unicamente con la letra A, no solo nos damos cuenta de su sexualidad femenina o de su pluralidad gráfica, si no de su esencia sumisa, su naturaleza obediente, callada, excelsa en misericordia, y tal vez patológica, tal vez algo amargada, tal vez algo rencorosa y reactiva. Las culturas antiguas y las primeras civilizaciones acentuaban implícitamente en la letra A y en las vocales. Después de que estas civilizaciones vocálicas quedarán opacadas tras un largo dominio de culturas civilizadas y versallescas, de letras consonánticas y de peripecias de la razón, nos preguntamos ahora, cuando las aguas del debate intelectual han terminado ya, ¿hoy en día, que letras utilizamos más, las vocálicas o las consonánticas? ¿A caso presenciamos una derrota consonántica en la fonética moderna?

* "La griega pendeja y un cuento del Corán" artículo escrito el jueves 20 de Agosto del 2009 para el Blog Guiso de Mudos.

Pirausta en el fin del Mundo.

Por: Eduardo Yalán Dongo
"El Bien es el elemento pasivo sumiso a la razón.
El Mal es el activo que brota de la energía"
William Blake - El matrimonio del cielo y el infierno-

¿Por qué cuando hablamos del fin de los tiempos tenemos que exaltar nuestra esperanza cartesiana por una supervivencia que creíamos segura?, decimos “nos iremos a Marte quizá cuando el mundo no este” o “el ser humano podrá controlar todo lo que se venga”. De esta forma, verdaderamente enfervorizados, nos asumimos como parte del futuro, de no ser así, nuestra esperanza cartesiana se apagaría. Realmente no tenemos esperanza en el futuro, sino que estas palabras de aliento humano hacen sentir bien al organismo y a la vitalidad presente. Decimos que nos ira bien en el futuro no por creer en una vida en este último, sino porque estamos habituados a sentirnos bien en el presente, esto nos contenta y nos calma en el Aquí y el Ahora. Si situamos el mensaje de “el fin del mundo” como un mensaje enfocado en el Aquí y el Ahora y no en el futuro, entonces ¿Qué podríamos descifrar? ¿Quién será el Remitente y el perfecto destinatario de este mensaje?

Quiero abrir este artículo con un breve relato sobre la Pirausta, breve, porque la historia mitológica de la Pirausta en si es breve como su descripción. Se trata pues de una mariposa que los “antiguos” suponían vivía en el fuego y que moría si se apartaba de él (Del lat. pyrausta, y este del gr. πυραύστης, como asevera la Real Academia). Esta mariposa recorrió las tradiciones orales y se introdujo en el desprecio de la palabra escrita del mundo civilizado, citada siempre como representación directa del hombre, siendo el fuego de las velas o de las antorchas la representación metafórica del ardor del ánimo o de las pasiones. Cuando un tal San Fransico de Sales le escribe al un casi desconocido Duque de Bellegarde: “Espero que permaneceréis como un céleste pirausta, entre las llamas, sin dañar vuestras alas” o Cuando Erasmo dice “La mayor locura de todas las locuras es la muerte de la mariposa en la llama” o cuando Sebastián de Covarrubias llegará a decir, que la mariposa “es un animalito... el más imbécil de todos los que puede haber” se refieren principalmente al hombre y a esa imbecilidad que según ellos lo motivan a refugiarse en las pasiones y emociones humanas. Sabemos pues que para los moralistas eruditos las emociones humanas son un tipo de chapucería indigna de la razón. Seria pues que la Pirausta (el hombre sensible) sea un animal estúpido, por vivir solo en el ardor emocional por depender de sus emociones antes de su razón.

Ahora bien, el hombre piraústico es el impera en nuestra actualidad, el hombre que quiere sentir antes que pensar, el hombre que le interesa la poesía y la música antes que la filosofía y la matemática lógica; la cultura sensible dicta entonces que seamos sensibles, que vivamos aleteando sobre las emociones humanas y que posiblemente nos quememos ¿es “malo” esto? Al contrario, esto hace que acrezca nuestra vitalidad para con la vida, hace que amemos el aquí y el ahora. Sí nos ponemos a pensar en el mensaje de “el fin del mundo” (películas, documentales, descubrimientos maya, calendarios perdidos, etc.) o en “la gripe AH1N1” (que curiosamente se encuentra más promovida por Latinoamérica, donde se sabe que somos de característica mas oral/sensible) entonces diríamos que es el mensaje perfecto para una cultura como la nuestra. ¿Resultaría efectivo afirmar que “el fin del mundo” dentro de una cultura donde todos estén habituados a reflexionar, al debate racional, a la lógica del pensamiento? No. La razón es en si misma hiriente, seca y cruda, un mensaje emocional no causaría gran revuelo en una época escribal como la antecedente. Pero sí lo haría en una época como la nuestra, donde se sabe que somos piraústicos, donde vivimos volando cerca del ardor y los turbulentos registros emocionales. Un mensaje emocional dirigido a una cultura emocional es sumamente efectivo, un mensaje racional, por el contrario, no lo es. Somos una raza que quiere extinguirse, pero no aquí, ni mucho menos ahora. En base a esto podemos señalar a nuestro emisor y a nuestro destinatario.

Chávez en High Definition

Por: Pedro

Hugo Chávez es sin duda el mandatario más mediático de América Latina. Ocupa los primeros planos en cuanto a opiniones y protagonismos exacerbados. Encabeza portadas con sus intromisiones. Lanza, endémicamente, álgidos comentarios desubicados. Todo, en su pretenciosa búsqueda de aparentar ser un presidente mesiánico. Él siempre tiene la verdad.

Desde que ingresó al poder en 1999, con su plan de gobierno bautizado como el Socialismo del siglo XXI ha ido revelando lo que la gente ya sospechaba: emular de la manera más improvisada lo que Fidel Castro logró tras la revolución cubana.

Lo curioso es que Chávez, aun con tanto histrionismo petulante y gusto desafinado para figurar, odie tanto los medios. ¿Quizás porque no solo sea un prepotente dictador sino también porque quiera acaparar toda la pantalla chica?

Desde hace algunos días algo funesto para la libertad de expresión se ha ido cocinando en el Palacio de Miraflores. La “intrépida” idea (por no volverme ofensivo) de una Ley de Delitos Mediáticos.

Para entender la paranoia de Chávez, habrá que recordar que ya ha clausurado más de treinta y dos radios a lo que va de su gobierno. También fueron expropiadas, dos televisoras regionales, sin incluir la polémica RCTV en el 2007. De lo que se comenta, hay una intención latente de cerrar aún 250 radios más. Entre ellas, unas estaciones más grandes que otras, pero que cuentan con el mismo poder que Hugo Chávez teme y desea: el poder de la información.

La Ley de Delitos Mediáticos es un proyecto abusivo. En definitiva y en reconocimiento con las tendencias chavistas, solo será usada para fines funestos.

La aún sobreviviente televisora independiente, Globovisión, es un ejemplo. Porque, aunque el proyecto de ley presentado por la fiscal general, Luisa Ortega, aún no sea aprobada, el director del canal, Guillermo Zuloaga, ya enfrenta dos ridículos juicios. El primero por “usura genérica”, debido a su mediana empresa de ventas de automóviles; el otro, por “daños ambientales”, por su colección personal de animales disecados legales. ¿Disparates o un intento desesperado por culpar para arrebatar?

El tema de la ley debe ser entendido por todos los que trabajamos en medios, ya que, al ser aprobada, institucionalizaría la injusticia, la corrupción, la paranoia chavista. Todo bajo el manto de la legalidad. El gobierno tendría siempre justificaciones “válidas” para ejercer el abuso, y sucedería lo que la caricatura de este post (en la parte superior) retrata. Chávez en la pantalla chica las 24 horas del día. Y ahora con el HD, se le vería más real que nunca ¡Qué calamidad!

Recuerdo la primera vez que vi a Hugo Chávez en su programa televisivo “Aló presidente”(¡Sí! Para quienes no lo saben. En Venezuela, Chávez no solo hace el papel de presidente, sino también el de Gisela Valcárcel, en el caso del Perú; o Susana Jimenez, en el de Argentina). Con su clásica seriedad pícara, botaba de Caracas a The Coca Cola Company con estas palabras: “Váyanse pa’llá, pa’ la sabana, con sus camiones”. Con ese misma soberbia, clausura canales venezolanos como quien cierra revistas, y, con ellos, carga con los voceros encargados de informar a la nación lo que verdaderamente está sucediendo en el país. Solo el 78% de venezolanos piensa que su gobierno es corrupto. ¿El 22% restante está ciego o desinformado?

Felizmente, el rimbombante Socialismo del Siglo XXI aún no se mete con los medios digitales. Solo esperemos que algún día algún chafarote tenga la intención de censurar a Filoterario. Solo en ese caso, estaríamos encantados de ser sinceramente ofensivos.

La música de Dios: inspección al politeísmo


Por: Eduardo Yalán Dongo
Fotografía: Diego Miranda

Decimos frecuentemente que los dioses son creaciones humanas, probablemente que son producto de una suma de factores sensibles originarios del hombre de forma que han eyaculado precozmente creando azarosas figuras e imágenes humanizadas y eternas. Un devoto moralista del mundo siempre agita su corazón de alegría cuando aprecia un paisaje natural hermoso, algún ambiente puro e incólume, un ambiente que (como recalcan los “éticos” modernos) pueda calmar las emociones violentas y contrarias. Pero lo más interesante de la admiración natural es que instantánea e inevitablemente una extraña y entendible relación se completa cuando se concluye alegremente a raíz de lo visto: “Dios existe” ¡ah satisfacción! ¡Ah paroximia del determinismo! Este es un momento grande, cuando el hombre da cabida al sentido de la vista, el olfato y el odio para que de estos germine el hijo sacro: Dios, sea cual fuere. Pero esta alegría panteísta no se aplica únicamente en religiosos o laicos no consagrados, para prueba de ello este humilde redactor. Cuando escuché por primera vez el sonido que ocasionó un trueno en la ciudad de Cuzco, inevitablemente pensé y lo relacione con algún sonido gutural, con algún monstrum de cielos altos, la fuerza empírica y todas las impresiones antes reclutadas así me lo indicaban; tal sonido había sido ejecutado por alguien, específicamente por alguna figura supra humana.

Los sonidos en especial contienen información que nosotros decodificamos, por ejemplo un sonido fuerte y grave contendrá información como un género sexual, color, personalidad y forma específica claramente determinada. Si relacionamos esta idea con las culturas tribales y sus mitologías respectivas, podemos rescatar información más que interesante. Por ejemplo, en la Grecia antigua, según el mito pelasgo de la creación, la tradición refiere a una única y primera diosa creadora y originaria del Caos (Eurínome). Esta caracteristica sexual/especifica de esta entidad se explicaba en el sistema arcaico inicial griego que promovía a las sacerdotisas antes que a los sacerdotes, debido a que la mujer era el sexo dominante y creador. Creo responder el porqué. En Grecia, la concepción como factor creador de vida estaba atribuida al viento, era el viento quien representaba por metonímia la gestación, el nacimiento, la vida. Ahora bien, ¿Qué información contiene el “viento” como tal? Si escuchamos la briza aguda del viento, es inevitable relacionar su sonido con el genero sexual femenino, escuchar una brisa en el atardecer es como escuchar la esencia femenina. No es extraño entonces la relación griega en Eurínome.

Ahora viremos la mirada al pueblo Madianita, creador de gran Yahveh. Yahveh era originariamente un demonio de batalla, un dios guerrero, un dios ctónico. “Yahveh era con seguridad un dios volcánico” (Sigmund Freud. Moisés y la religión monoteísta) curiosamente en el limite occidental de Egipto con Arabia (territorio madianita) existían volcanes, uno de ellos era el Sinai-Horeb, morada del Dios Yahveh. Paradójicamente la madre del cordero de las plagas de Egipto fue un volcán, el volcán de Santorini. Ahora bien, ¿qué información guardaría los decibeles graves, casi guturales y pujantes de un volcán? ¿No sería específicamente atribuidos a un hombre, de contextura robusta y de personalidad malvada, todos estos sonidos? Pensemos también en Zeus como dios del trueno, a Dionisio dios de los ditirambos (poemas cantados) ebrios, o a la diosa egipcia Amonet (simbolizada como una mujer dando de lactar a su hijo) diosa protectora que representaba al viento. Respectivos sonidos abarcan respectivas ubicaciones en la realidad.

En el Poema Ticci Wiracocha (Wiracocha era el dios supremo del politeísmo inca) transcrito por el cronista indio Joan Santacruz Pachacuti, hay un verso interesante y que en particular me interesaría mencionar, refiere entonces el poema:

Picanque (¿Quien éres?)
Mamaycanmicanque (¿Donde estás?)
Mana choricayquiman (¿No podría verte?)
Ymactan ñinqui (¿Que arguyes?)
Rimayñi (¡Habla ya!)

Esta imperiosa necesidad del hombre por querer situar al dios pensado en algún ambiente corresponde pues al reino predictivo, fútil y basto de los sentidos. Si, como lo hemos estado haciendo, únicamente nos centramos particularmente en un sonido de algún fenómeno como el del agua al pasar, o el sonido del trueno, o de la lluvia, cabria la siguiente pregunta ¿y la música, no es en si una multiplicidad de sonidos? ¿No originaria dioses? Wagner y Nietzsche serían quizá la respuesta. Cuando el filósofo escuchaba alguna composición wagneriana, este la calificaba como la segregación de una suma de dioses, de un politeísmo evidente. Esta sensación era tal que Nietzsche denunciaría y reclamaría después a Wagner esta perdida en su música. Si la composición musical de finales de inicios del siglo XIX ocasionaba un politeísmo inadvertido, entonces ¿se podría explicar la “muerte de Dios” datada justo en la ilustración (inicios del siglo XIX)? Si esto es verdad, es decir, la composición musical como productora de sonidos, que contienen a su vez información, ¿entonces, no es lícito advertir que con el desarrollo de la tecnología de artefactos musicales como el mp3 se estaría fomentando no solo el aislamiento individual sino la creación de una multiplicidad de dioses? ¿No estamos olvidandonos acaso de los sonidos únicos? ¿de los dioses únicos?

La casa rosa (versión final)

Inmersión por uno de los burdeles más populares de Lima

Por: Pedro Crespo

¿Quién no ha escuchado de Las Cucardas? Nadie. El burdel está en el imaginario de todos los limeños. ¿Pero basta solo con conocerlo por nombre? No. ¿Entonces no todos lo conocen? Pero todos saben que existe. ¿Conocen las tarifas del placer? ¿Saben que el público es bienvenidos a horas de oficina? ¿Imaginan la seguridad que les presta? Las Cucardas guarda más secretos que su propio nombre. Las Cucardas está a punto de desnudarse, como lo hacen sus chicas todas las noches… y todos los días.

Viernes. Nueve de la mañana. La ciudad de Lima inicia su rutina de trabajo, mientras un par de parroquianos boleteados ingresan a uno de los burdeles más conocidos de la ciudad. Los siete días de la semana, y aunque parezca una impudicia, el Club y Snack Bar Las Cucardas abre sus puertas desde muy temprano por la mañana, y deja a los visitantes negociar con sus musas, que esperan listas en el marco de sus puertas: maquilladas, en lencería y con tacos altos.

Dos parroquianos se asoman a la ventanilla y un tipo delgado con cara de matón recibe los veinte soles de entrada por cada uno. Un guardián gorila les sella el ingreso y una oficinista les da un preservativo: Twinlotus condoms, superfinos, con registro sanitario.

Tras el ingreso, el lugar oscurece y la entrada se bifurca por completo. El humo del cigarrillo de la noche pasada y los neones rosa revisten el ambiente. A partir de este punto, toda elección y fetichismo es enteramente anónima.

De la entrada divergen dos pasajes opuestos: uno hacia la izquierda y otro hacia la derecha. Los parroquianos se detienen y discuten que camino tomar. Da igual, porque todo camino converge al final. Pero quien llega por primera vez no lo sabe, y una indecisión natural detiene en seco a todo visitantes cuando están a punto de ingresar a este ambiente nebuloso. Esta es curiosamente la primera decisión que deben tomar. La segunda decisión es algo menos cognitiva.

Los cinco pasajes que forman las Cucardas imitan una gran H. Si se quiere ser más gráfico, su estructura sería como la de un inmenso 8 cuadrado, con cincuenta y cuatro habitaciones alrededor. En cada pasaje, cada tres metros, una habitación abierta con una chica ardiente en ella, hacia la derecha y a la izquierda. Esto obliga al par de amanecidos parroquianos a andar pendientes de un lado y del otro, indecisos, oscilando como el movimiento de caderas de una morena alta de labios rojos que baila la Isla Bonita de Madonna en lencería limón. Luego de dar el primer vistazo por todo el lugar, la segunda y más difícil decisión: qué chica escoger.

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Una cucarda es una flor asiática. Exhibe un largo estilo que por sus abiertos pétalos muestra su codiciado ovario. Ser una chica cucarda es ser una flor. Motivan con su perfume y excitan con las caderas, se acomodan al pie de la loma de sus camas, o reposan en la madera que recubre sus puertas.

Las chicas cucardas producen la miel que las abejas solas no podrían. Encienden la aureola animal de los parroquianos, y los observan mutar como himenópteros en el éxtasis de la polinización. Los fuerzan a merodear oscilantes por los pasajes de la colmena, zumbando indecisos, ardientes, hasta que su propia naturaleza viciosa los obliga a fecundar el polen. En las Cucardas, las abejas cargan con un bendito recuerdo cuando regresan solos a su panal sin esa miel rosa. Por eso, siempre les es un placer volver a su estado de insecto kafkiano.

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Uno de los parroquianos que llegó muy temprano por la mañana, siempre lo hace boleteado. Por lo menos una vez al mes, se regocija con la primera cucarda que le guste. Es que la menor reincidencia anula el encanto, diría el cantautor francés, George Brassens; y este parroquiano practica el axioma, por eso la diversidad de chicas podría ser la más importante particularidad del burdel.

Las hay morenas y altas, cholas y delgadas, rubias y bajas, charapas y recias. Cada tipo de mujer con su imaginario. De las morenas, convencen sus traseros; de las rubias, su rostro; de las cholas, sus pechos; de las charapas, sus cinturas. Ante cualquier queja feminista, ellas mismas se uniforman con sus ansias de sentirse deseadas por los atributos que tienen, sin importarles parecer objetos, porque aún el oro es un objeto. Y también las uniforma el patrón que sigue sus ropas: tacos altos hasta donde aguanten sus columnas, hilos dentales multicolores que se pierde entre las nalgas, y politos que le tapen los pezones. La idea es dejar muy poco a la imaginación, el resto se resuelve con dinero.

Cuando algún comensal, de tanta indecisión, encuentra lo que buscaba, se acerca al marco de la puerta, donde la odalisca se menea, y negocia. El diálogo es un cuestionario. En mayoría, el empleador empieza preguntando su tarifa: cincuenta soles, mientras ellas los miman sin parar. Sigue con el tiempo: cuarto de hora, bebé, mientras el parroquiano duda que en tan exiguos minutos pueda acabar. Finalmente, termina preguntando su nombre: Lolita, Dayana, o el que ellas se inventen, mientras ellos las toquetean sin abusar. Porque las musas porno, las putas adoradas, las odaliscas de plástico se alquilan con lo que Dios y los cirujanos les dieron. La casa les paga el 50% de la operación, solo a las engreídas: con ellas se invierte. Y justo es esa inversión la que impide que el cliente tome partido de un negocio sin antes cerrarlo.

Cuando por fin el dúo de parroquianos se animaron con unas chicas, ya eran las once de la mañana. Un billete salió de sus billeteras por adelantado. Ellas cerraron la puerta. A ellos no se les vio más por el lugar.

El estado legal del burdel es otra virtud elemental. Las Cucardas Club y Snack Bar son un ente formalizado, con todas las de la ley, y eso lo hace un lugar seguro. Los borrachos y bronqueros terminan en la pista de la calle, que es oscura como dentro de un féretro. Porque afuera, en la cuadra cuatro de la Av. Colonial, en el Cercado de Lima, la calle es tan oscura que a las cinco de la tarde, ya nadie se atreve a nada por ahí. Parece un lugar olvidado, con perros mascando basura y pirañitas en terocal. Lo único que alumbra la acera son los radiantes neones: rosa en las Cucardas, morado en la Nené, la competencia. Si afuera no se toma alguno de los taxis estacionados, la historia de amor fortuito en las Cucardas no llegará a ser contada por la mañana.


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Eva es una puta, y está sentada en la barra de las Cucardas por pura nostalgia. El bar reluce por sus decenas de brillantes botellas de alcohol y un letrero ofertando viagra. Ahora son las diez de la noche, y Eva fuma de ladito y sonríe al vacío. Trabajó quince años en Las Cucardas y hace más de un año que dejó de hacerlo. Decidió colgar las tangas solo para usarlas en la intimidad de su casa. Ahora ejerce la prostitución por teléfono, un negocio en el que no le va muy bien.

Quienes la ven, no dan un sol por ella; por eso se refugia en una esquina de la barra. Su cuerpo es ovalado, y los hilos de su blusa parecen obligarse a aguantarlo. Su escote es desvergonzado, lleva jeans holgados y botas negras. Su maquillaje es excesivo, y no parece cumplir su cometido porque sus arrugas se reflejan aún en la penumbra del neón. Hugo Shimabukuro, dueño y señor del burdel, se acercó a invitarle un ron con cola. Ella lo saludó nostálgica. Luego, él la dejó sola, fumando sus cigarrillos Pall Mall rojos, uno tras otro.

En cambio, cuando Dayana salió de la habitación número dieciséis para hacer su striptease, los desvergonzados parroquianos la banquetearon con la mirada.

Dayana llegó al club, firmó su entrada, y entró arrastrando un maletín rojo de rueditas. Sonriendo, bromea que lo carga porque también es fly hostess. Lo cierto es que es una estudiante de hotelería y con la prostitución costea su profesión, como muchas otras, que también llegan con sus maletitas. Dayana es alta y delgada, de cabello negro lacio y con un cerquillo que cubre sensualmente su ojo izquierdo. Bajó de su taxi de confianza con poco maquillaje, unos jeans holgados y una casaca New York Yankees: era una estudiante cualquiera. Junto a otras chicas, desfiló por los pasillos ignorando a todo aquel que la miraba.

Ingresó a su habitación: tres por tres metros, con una cama de media plaza rodeada de espejos, una mesa de noche con una lámpara y lubricantes, y un lavamanos. Todas las habitaciones son iguales. Sacó varios conjuntos de lencería y tras escoger el mejor, se vistió, como cada noche, con el deleite de una ardiente amante.

Cuando al fin estuvo lista, la invitaron al escenario desde los parlantes. Todos los parroquianos que bebían cerveza en el bar dieron una vuelta de noventa grados para ver la función continuada de striptease y table dance, que dura hasta el final de la noche.

Dayana salió cubierta por una bata de seda rosa con capucha. Parecía una boxeadora dirigiéndose como una fiera a su ring de baile. Sus altos tacos acrílicos le colocaban elegantemente una pierna tras otra, mientras avanzaba arrebatadora. Eva parecía verla encantada, pero recelosa; aunque no tuvo más opción que aplaudir cuando Dayana quedó completamente desnuda al ritmo de la canción más melosa de Miriam Hernández. Cuando la vio dar cinco vueltas de tornado colgada del tubo, con las piernas abiertas en un ángulo recto perfecto, con los cabellos acariciando el piso de porcelanato del escenario. Esos bailes eran algo que no se hacía en sus tiempos.

Ambas prostitutas son ejemplos de lo que las Cucardas fue y de lo que es. Al inicio, un lugar sin techo, con indigentes habitaciones de triplay sin pintar, con pisos de barro seco y cerveza caliente. Aceptable en su tiempo, cuando cientos de limeños llegaban ahí a perder su virginidad. Pero relegado en los nuestros, donde el auspicio de Chivas Regal, Smirnoff o Lucky Strike no dejan espacio para putas como Eva.

Ahora, el Club y Snack Bar Las Cucardas es un lugar de referencia. Todos hablan de él, y quienes lo conocen, quedan satisfechos.

Tienen esas cucardas jóvenes, y esas evas de antaño, que aseguran guardar algo especial. Eso que Joaquín Sabina llama la vocación: el afán de las que siempre quisieron y fueron putas. Eva piensa que ya no hay muchas con esa vocación, que son dinosaurios extintos. Las de ahora miran el reloj y aman impacientes. No están hechas para complacer, solo engañan al hombre con falsos orgasmos, con pretenciosos intereses.

Dayana baja del escenario y cubre su cuerpo desnudo con una bata. Cruza el bar lleno de miradas hambrientas, idolatrándola. Un VIP la acompaña para evitar reacciones lascivas de público.

Eva está a las espaldas de todos ellos, y sigue fumando, bebiendo su Cuba libre avergonzada por su soledad.

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Sábado. Cinco de la mañana. El cielo de la ciudad de Lima destella sus primeras luces y una señora solitaria sale de uno de los burdel más conocidos de la ciudad. Carga con maquillaje y botas altas, pero sin maleta roja. Ella no trabaja ahí, pero toma un taxi como todas.

Con ella, el neón rosa del frontis del burdel se apaga totalmente.