Abordar a Foucault: Mitos del poder

Fotografía: Pedro Zamalloa García
Por: Eduardo Yalán Dongo

Estamos en elecciones municipales y presidenciales en el Perú, y aun las campañas políticas continúan siendo evanescentes con ese áspero olor a propaganda de los 50`s. Particularmente se almidona en demasía el tema de /el poder/. Cuando se acusa, por ejemplo, a Kouri de integrar en su campaña a “montesinistas” se arenga en este sentido: “lo que detestamos de los montesinistas, no es su corrupción o su desviación moral, sino que siempre quieren tener mejor rango, más poder para robar más”. Se dice también que los políticos más corruptos (glorioso lexema) son los que buscan únicamente ostentar el poder, servirse de él, buscarlo. Montesinos, para el peruano promedio, es la iconografía del poder (garrafalmente llamado “poder que ha sido mal usado”). Y digo Icono porque (según Peirce) el icono es un signo que se relaciona con el objeto por tener una semejanza con este, es decir, tenemos una relación metafórica por excelencia, relación propia de la palabra escrita que sirve muy bien en campañas de corbatudos señores de la política socialista cincuentona. Esta clase de política ha hecho tragar presurosamente al apolítico esta verdad: Poder es sinónimo de fuerza, el poder es sinónimo de distancia, de injusticia, de derechos, y de verdad. El famoso axioma de He-Man resulto ser una fallida herramienta de educación infantil sobre el poder.

En todo caso es entretenido recordar a Foucault en este tema del poder. En primer lugar, quitémonos de la cabeza que el poder es una especie de semilla regada por aquí y por allá, que el poder se reparte en ésta o aquella circunstancia, me parece que esta imagen del poder aun persiste en la propaganda. Pero no se reconoce el poder porque nadie es titular del poder. El individuo no es el que lleva el poder dentro de un terno con olor a abogado, el individuo es producto mismo del poder, el poder se ejerce, no es una propiedad, no es un extremo. Si queremos referirnos a algún “corrupto” o a alguien que se apropia de los flujos vitales dentro de una sociedad es preferible hacerlo con el nombre de “estados de dominación”, donde existe un presunto tirano, pero no un propietario del poder. Pero en sí, el análisis de las relaciones de poder es diferente a los “estados de dominación”. No se trata de analizar el poder en el plano de la intención o decisión. No se trata de balbucear “¿Quién tiene el poder?”, no en esta forma interna de análisis, sino en su manifestación externa: “¿Dónde se implanta y produce el poder en efectos reales y en qué niveles?” Nuestras campañas políticas y los apolíticos (o sea la mayoría de limeños) parecen no comprender que las formulas de “viva el progreso y la tecnología”, “nuestro partido no quiere el poder, sino la justicia” “yo soy de clase media, no como ella que es de clase alta” creo que aun nos gusta untar la mantequilla de ingenuidad dentro de nuestro pan almidonado de parafernalia, y mascarlo y remarcarlo como los desinteresados apolíticos que somos. Ese es el problema de considerar al poder como un fenómeno de dominación macizo y homogéneo ubicándolo en los extremos (una clase sobre otra, pobres vs ricos, etc.). Imagínense toda esa construcción de los “periodistas” que se auto imputan titulares del poder: “somos el cuarto poder” y parpadean, y se frotan los ojos; imagínense toda esa construcción de sendero y su "lucha para llegar al poder"; imagínense esa construcción del pueblo que relincha: "el poder oprime" No, el poder no oprime.

El poder no es algo exclusivo –como diría muy bien Foucault- no es algo que se reparte y que lo tienen y poseen en exclusividad y los que no lo tienen y no la poseen, nunca se localiza allá, nunca esta en las manos de algunos: el poder se ejerce en red, y en esta red los individuos circulan, transitan y son producidos por el mismo poder. Nietzsche decía que el deseo de poder nace con esa necesidad de querer disponer de un ambiente, lo que llamamos instinto de dominio, sentimiento de poder, esto no quiere decir que ejercer el poder sea privatizarlo en nombre del individuo, sino ejercerlo, sufrirlo: el proletariado también ostenta poder, los pobres también ejercen el poder, son atravesados por este. La voluntad de poder es pues la pura sensibilidad y afectividad, es una suma red de fuerzas. A Foucault le interesa el análisis de las relaciones del poder, las relaciones de fuerzas que intervienen en un poder confiscado, el origen de la bipolitica a partir de las relaciones de poder: “El individuo es el producto del poder. Lo que hay que hacer es "desindividualizarlo" (…) No os enamoréis del poder".

Abordar a Foucault


Por: Eduardo Yalán Dongo

Tratar acerca de Michel Foucault supone siempre un silencio antes de pensar en el primer párrafo. Supone anudar, dentro de esta ausencia de palabras, una suma de complejidades que emergen en la mente del pretendiente a hacer una taxonomía de su pensamiento. Sociología, psicología, política, antropología, filosofía y hasta semiótica, Foucault, pese a lo que Braudrillard arenga, no puede ser olvidado, al menos no por ahora. ¿Tiene una utilidad leer a Foucault en la cultura contemporánea? Mejor repreguntemos ¿Para quién es de utilidad leer a Foucault en la cultura contemporánea? La obra de Foucault es abierta, pero, robándole a Nietzsche la frase: es para todos y para nadie.

En nuestra cultura persisten costumbres consolidadas y ritualizadas, prácticas contenidas y codificadas que ni siquiera podemos sospechar sobre su estructura, su genealogía, su contenido y, principalmente, de qué es lo que las contienen. Un poder confiscado, quizá una verdad pactada que traspasa el discurso y encausa la conducta de un sujeto que ya huele a muerto. Foucault y su método se interesan en la conexión constitutiva de las ciencias humanas con las prácticas del aislamiento vigilante, Foucault se rebulle con esa sutileza de sierpe dentro de las tecnologías del poder, dentro de las diferentes relaciones de poder en los diferentes discursos que nos embriagan continuamente, sin dejar de sangrar. Habremos escuchado con anterioridad: “saber es poder”, “el pueblo va a tomar el poder” “La Historia del Mundo” “El poder oprime” “el hombre es el centro del mundo”, pero todas estas expresiones se encauzan hacia un sin sentido intolerable en la contemporaneidad.

Si Guattari y Deleuze con el anti-Edipo dejaron moribundo al psicoanálisis, Foucault y su método hicieron lo propio con La Historia, esa historia atravesada por una voluntad de verdad, por una genealogía que nunca aparecía y que se hacía cada vez más lejana para el investigador, Foucault mató al hombre y devolvió ese pluralismo de discursos contenidos y confiscados dentro de esa macro-ciencia, de ese metalenguaje llamado Historia.

El método de análisis de Foucault debe precisar esa malla de poder, esa red compleja de tecnologías de poder que enlazan los discursos, haciendo del método una triada para el análisis:

Las reglas de derecho que delimitan formalmente el poder y los efectos de verdad que este poder produce dentro de los discursos ¿Cuáles son las reglas de derecho que las relaciones de poder ponen en acción para producir verdad? Y es que el poder, como dijo Foucault “obliga a producir verdad, estamos condenados a decir verdad y a encontrarla”. ¿Qué verdad? La verdad que creemos que es Verdad. Braudrillard se queja de las nuevas generaciones y dice que a esta nueva camada de personas no le interesa la realidad, no le interesa la verdad, no le interesa el poder, el poder –dice- ya perdió legitimidad dentro de las personas, y exige “Olvidar a Foucault”. A la “gente” no le interesa la verdad, pero la dice, se queja del poder y de su supuesta ausencia en ellos, pero ellos mismos pertenecen a él y nadan en él. ¿Qué es lo que puedes aprender de Foucault, cual es, según el canon posmoderno, la “utilidad” de leer a Foucault? Silencio, ante todo mucho silencio y prepararse, como decía Proust, para el nuevo viaje que “no consiste en buscar nuevos paisajes sino tener ojos nuevos”; ojos nuevos para entendernos. Y después, es necesario retomar el silencio.

Un pulgar para el arte.

Por: Eduardo Yalán Dongo

Cuando Nietzsche en “El Origen de la Tragedia”, propone al estado dionisiaco en el arte como un sentimiento de poder que transforma incluso a la misma percepción de la obra y al propio estado del sujeto, lo hace proponiendo un “desembrague” (como se diría semióticamente) o alejamiento del sentido apolíneo, usados en la época renacentista y clásica, es decir: la vista. La mirada ha sido el paradigma de decodificación que ha utilizado el hombre para interpretar el mundo, “mira el mundo” es el recurso retorico clásico para expresar el subjetivismo y posterior explicación de la realidad. Lo que lo “dionisiaco” propone es ese interés por los sentidos “íntimos”: el gusto, el olfato y el tacto. Con respecto a este último sentido, poco se ha dicho en cuanto al análisis de la obra artística, digamos que en la obra principalmente contemporánea el elemento táctil ha retomado la carrera de la intimidad, de estos sentidos íntimos, así como de la complejidad que posee la oscuridad en la obra posmodernista.


En la obra de Jean Dubuffet –Snak for Two- la relación de estos dos hombres y de sus manos, ubicados en una forma rítmica, ponen al sentido táctil como centro del análisis. Lo que hasta este punto nos indica es quizá ese ritmo de la sensualidad, de lo táctil, pero también nos propone contar este ritmo apreciando los dedos de cada hombre, y es cuando aparece un dato dentro de este sentido intimo; el sujeto de la derecha posee un pulgar, el de la izquierda no. ¿Que sugiere esto en la obra de Dubuffet?

José Miguel Tola, artista peruano, aclara este terreno un poco más. En la obra completa de Tola, sus personajes gozan de una amputación del dedo pulgar de la mano, dedo que no goza de protagonismo dentro de las formas surrealistas del artista, pero ¿Qué significa el dedo pulgar dentro de esta arista de la obra contemporánea? Según la evolución humana, el dedo pulgar es el significado de la distancia entre los primates en general, seres salvajes, relegados, opuestos a todo lo civilizado. El dedo pulgar se opone a los dedos llamados "civilizados" dentro de un sistema que privilegia la función anatómica de “manipular objetos”, manipulación que no se limita únicamente al terreno de prensar la materia, sino que abarca incluso la manipulación de lo otro, la construcción de la otra persona (prejuicios, valorización, etc.) En “A veces el diablo teme nuestros vicios” se construye toda esta codificación, también se aprecia en "Diario de un Loco", del mismo autor.

TOLA- DIARIO DE UN LOCO (2007)

TOLA- A VECES EL DIABLO TEME NUESTROS VICIOS (2006)

El énfasis a esta intimidad sensorial la construye el artista queriendo gritar a favor al mundo prohibido del “Ello”, de lo dionisiaco en el arte. El salvajismo, la irracionalidad, el sin-sentido, la mera transformación, la muerte del interés hacia lo realmente serio (como decía El Principito), hacia lo bueno y lo malo (recordemos ese pulgar levantado por el Cesar para dar su visto bueno al gladiador, el pulgar alto, erguido, para enfatizar en ese falso orgullo de la civilización y el retroceso de lo salvaje: el progreso). La aparición primordial artística que se presenta en la obra contemporánea es el sin-sentido, la irracionalidad, el desembrague de la razón en la producción y decodificación de la obra. El arte ha muerto, no hay progreso en él…pero a cambio hay una exquisita transformación de la obra, transformación y no “progreso” artístico.

Sin Título

Por: Cedric Cáceres.


Saber que te despiertas con mi mente
atascada en tus pezones

y convives con ella
mientras te desvistes
mientras la hembra
entre tus piernas
ora mi nombre, en silencio.

me diluye los ojos en el sueño

me embarra las palabras mal cortadas

llenando de tendones

el café de la mañana.

El ladrón de libros

Fotografía: Pedro Jose Crespo B.
Por: Pedro Jose Crespo B.

La última vez que robé un libro fue mientras caminaba por la avenida Tacna, en el Centro de Lima, y me perdí. Entré por una solitaria callejuela de las que abundan, y de pronto, tuve una pequeña casa esquinada llena de libros viejos en la puerta, y muchos más dentro de ella. Lo que saqué de esa mañana, aparte del Anarquía de González Prada, fueron dos inquietudes: por un lado, me extrañó saber que robar no me daba ningún placer y, por otro, pensé que yo no podía haber sido el primero que, por pasión a la lectura y a la colección de libros, se haya cagado en el séptimo mandamiento de la ley de Dios.

Navegando en la web, en un artículo de elpais.com, se menciona que los ladrones de libros son tipos sobre los que es difícil depositar sospecha por algunas prejuiciosas razones: bien vestidos, educados, cultos y de buen gusto; pero ladrones al fin, dicen algunos comentarios. Sin embargo, diferencian los dos tipos de ladrones de libros que existen: los “reducidores”, que luego del robo venden el libro a un precio menor, cuestión que sucede muy a menudo en la UNMSM; y de los que leemos ahora, digámosles, “ladrones intelectuales”.

Este tema podría tornarse vicioso si es que se lee como un tema de delincuentes y oportunistas. Lo que aquí prevalece es el axioma de considerar a la cultura como un (vale la analogía) libro abierto, de donde todos pueden aprender si gustan. Un ejemplo claro, es el del escritor argentino Héctor Yánover. En su novela "Memorias de un Librero", narra sus años de experiencia como librero, y en conjunto justifica el robo (no de los reducidores, a quienes detesta) con la creencia que el conocimiento es un bien común. En ese caso, el ladrón de libros es una simulación de Robin Hood. Yánover concluye su pensamiento diciendo que el que no robó nunca un libro es, a la cultura, como el virgen al sexo. Y eso, sí está feo.

La diferencia entre quienes roban para lucrar y los que lo hacen para leer –dice una periodista uruguaya– es que “un amante de la literatura no se va a robar nunca un libro de Paulo Coelho o de Isabel Allende. Más bien vas a la casa de algún ladrón intelectual y te dice: me acabo de robar la segunda edición de El Innombrable de Samuel Beckett y de la Editorial Sur”. Y así, podríamos mencionar un Fitzgerald, o un Carver, o un Borges de las mejores editoriales y de las ediciones más vetustas. Porque a los ladrones no sólo les interesa tener la novela, sino darse el lujo de decir, por ejemplo, que es de una edición española limitada. Volviendo a González Prada, el libro era de la biblioteca de Juan Mejía Baca, uno de los más importantes bibliotecarios de Lima. Y, personalmente, les aseguro que en estos ladrones no existe mayor satisfacción que leer su nueva herramienta y atesorarla en su propia biblioteca, para de vez en mes, verla quieta y segura. Silenciosa entre sus tantas otras adquisiciones.

Otro ejemplo es Pablo Neruda, quién en repetidas ocasiones decidió meterse un libro en la chaqueta. Él decía que “un bibliófilo tiene infinitas ocasiones para sufrir, pero los libros no se le escapan de las manos, sino que se le pasan por el aire, a vuelo de pájaro, a vuelo de precios". Como el poeta chileno fue en un momento de su vida un bibliófilo de pocos recursos, en más de una ocasión usó la excusa del alto precio de un libro para robárselo, según cuenta una crónica de La Tercera de Chile.

¿Habría alguien capaz de impedir que los lectores viciosos sigan satisfaciendo esta necesidad inmoral? Se dice que Otón II, emperador del Sacro Imperio romano (967-983), en una guerra de expansión, ordenó abrir el armario del monasterio de Saint Gallen (Suiza) y se llevó un solo ejemplar en el que se podía leer la siguiente advertencia:

Que pierda su buena reputación, que jamás sea dichoso aquél que me robe.

Que arda en el fuego del infierno ese miserable.

Si cada libro tuviera esa inscripción, creo que sería más sencillo impedirlo. Pero como no es así, bienaventurados los Hoods de la justicia… ¿Y tú? ¿Qué libro te robarías?



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Significado en el arte contemporáneo.

Por: Eduardo Yalán

Quizá no sea novedad que el tema de denominar al arte contemporáneo como /banalidad/, como una mera representación estética sin un plano de contenido que la soporte, es un problema que se plantean “algunos” críticos que no encuentran mayor significado dentro de la producción artística contemporánea. ¿Que es arte?, ¿donde está la frontera que nos indica a referir a una obra como artística? ¿Una cama desarreglada expuesta en un museo puede ser arte? El debate comienza con lo que Danto llama pluralismo, es decir “todo es arte”, cito a Danto: “El nuestro es un momento de profundo pluralismo y total tolerancia, al menos (y tal vez solo) en arte. No hay reglas (…)” Si todo puede ser arte ¿Por qué tachamos de banal a las obras contemporáneas?

Se debe de entender el límite entre significado y significante , entre el contenido y la expresión de la obra, como éstas se desarrollan en la pieza artística y de alguna manera se enajenan, según algunos críticos, sin llegar a trascender hacia unos fines puntuales del arte, fines, dicho sea de paso, claramente enraizados en un tipo de estética y contenido anticuado y quizá caducado. Imaginemos pasear por la Trade Gallery de Londres, y pronto nos detenemos en la clásica escultura de Rodin; “El beso”. Admiramos su estética y nos ponemos sublimes, nos detenemos a analizar la obra y nos asombra mucho la imagen ya cotidiana para nosotros, sexual, intima, bien compuesta, inteligente. Dejamos de divagar con esa obra y de pronto nuestro gesto se amarga y contrae: vemos, a unos cuantos pasos, una cama desarreglada con condones usados, un calzón con sangre expuesto, pastillas, cigarros: caos. La obra es de Tracey Emin y lleva por nombre “my bed”. Instantáneamente uno se pregunta y sentencia “¿esto es arte? ¡Si esto lo puedo hacer yo! Que estupidez.”

Tachar una obra contemporánea de superficial es de alguna manera validar únicamente un interés estético de la producción artística, considerar únicamente que el artista desea lograr una construcción estética, desinteresada de toda manifestación e intención conceptual: este modo de definir a la obra de arte es el mismo que puede menospreciar a obras como la de la misma Tracey Emin en “Everyone i have slept with 1963-1965” o Félix González-Torres, en su obra “Perfect lovers”. Si contemplamos estas obras a simple vista anticuaria, este tipo de piezas instaladas en un museo de arte o expuestas a veces en la misma vía pública (como en el caso de Gonzalez-Torres) únicamente, creemos, buscan invocar nuestra risa, a la precipitación de llamarlas banales y superficialidades, enfocadas únicamente en una estética sin un fin y (hasta) sin un valor artístico. Gerard Vilar, a todo esto, increpa una cuestión ¿se puede hablar, entonces, de significado en la obra contemporánea? Pues sí. Hablar de significado ante lo que parece ser una exposición banal y estética es hablar de pluralismo, es hablar de la complejidad del mismo contenido de la obra para develarse, supone una decodificación exigente por parte del espectador de la obra; si esto es así, ¿podríamos desmentir una enajenación de significado dentro de la obra contemporánea? Sí. Y se valida ello porque existe una racionalidad dentro de la misma obra, dentro de todo ese caos que aparentemente ha formado el pluralismo posmoderno en el arte, la obra se desarrolla en una exigencia racional dentro de su producción y su misma interpretación plural.

El esfuerzo de comprensión es lo que se necesita para capturar el significado de una obra de arte, en un ejemplo concreto y personal, cuando yo mismo aprecié la obra de Guido Molinari (arriba), en particular su “Mutación serial verde-rojo”, únicamente bosqueje una estructura estética, una comprensión superficial de la obra que no requería mayor compromiso de interpretación; "una tela con colores". Sin embargo, cuando se aplica el concepto de una comprensión ardua del contenido de una obra contemporánea, los significados saltan por doquier. Por ejemplo: las 24 fajas horizontales develan un ritmo en el cuadro, un tempo que se puede interpretar como cultural/contemporáneo, asimismo, sabiendo que la estructura impar de las fajas de colores manifiestan una producción de un efecto de inestabilidad de dinamismo, una especie de posmodernismo, sin centro moderno que la sustente, un desorden, un desinterés, Molinari apuesta por el 24 como número par, apuesta por la estabilidad, el estatismo, la modernidad, la estructura rítmica. Así también el número 24 (total de las fajas de colores) es un número cultural rítmico, relativamente importante en nuestra cultura (24 horas del día, etc.). Se puede decir que este cuadro, que al parecer llama a la risa somera producto de su (aparentemente) no muy elaborada estética, emana un reflejo fuertemente codificado de nuestra cultura, una significación que esta latente, una intención del autor por comunicar, un contenido que le otorga a la obra un valor. Existe pues un significado dentro de la obra de arte contemporáneo, y enajenar este mismo y extraerle teóricamente su “finalidad artística” supone negar el arte, quitarle las aristas de su desarrollo y expresión.


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Pesas mucho mi vida

Fotografía: Claudia Villaseca Flores

Por: Eduardo Yalán Dongo


“Toda persona tiene derecho a la vida.”
Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión europea (Articulo 2º)

¿En qué momento, que no me di cuenta, llegaste a engordar tanto? En todo caso, ¿Cuándo fue que te almidonaste, estructura presa? ¿Cuándo te inflaste tanto y te volviste tan pesada? ¿Cuántos fueron los que te rellenaron, docta indolente, de latosa carga? Como simiesco repite “Elefante”: “Así es la vida”. Pero así no eras antes, ¿o tal vez soy yo el que te ve muy flatulenta y rellena? al menos ahora sé que no hay dieta que te pare, sé que te hacen tragar a pesar de tu llenura cada almizclado bocado universal, infinito, eterno, lejano, inflado, gaseoso: ¿En qué momento la vida nos llego a pesar tanto? Bonita pregunta ¿no? A lo mejor Prometeo o Jesucristo la abstrajeron durante sus penitencias, ambos quizá, en esos arranques filosóficos que tenemos todos los sacrílegos, habrán pensado “¿en qué momento la vida pesa tanto, pero tanto, que incluso mi decisión queda enajenada?”

La biología indica que la vida comienza en la unión indefectible de los gametos, en ese instante, en ese segundo lascivo dicen que se origina la vida humana. Evidentemente es aun una vida no desplegada, es más, una vida aun no inmersa en el proceso y complejidad de desarrollo. Todos, hasta mi gato, hemos pasado por esto, de gametos unificados hasta el desarrollo completo del cuerpo, y no hay forma de contradecir tal Verdad. Pero repregunto ¿en qué momento la vida llego a pesar tanto? Y es que su carga no tiene nada que ver con la mera aceptación de nuestras acciones (errores, virtudes, simulacros etc.), o con la verdad biológica antes mentada. Cuando hablo de “carga” hablo del valor que le hemos imputado y que venimos arrastrando desde hace algunas cuadras atrás: la vida desde la axiología. Le hemos yuxtapuesto a la noción de /vida/ una carga kantiana; “la vida se la respeta aquí y en la China”, la vida vale tanto e incluso mucho más que tu propia motivación de morir, vale tanto o mas que tu elección de decidir sobre ti mismo, vale tanto o mas que tu naturaleza humana, vale mas que yo, ¡pesa más que yo! y esto “tienes que respetarlo así no quieras”.

Esto va más allá de los debates obstetras de si el niño sufre o no cuando se ejecuta un aborto, de si el gameto es considerado persona o no, si el embrión siente o no, si el niño puede decidir o no, estoy hablando de ¿Por qué se siente pesada la vida? ¿Por qué menos la elección humana? ¿Por qué antes no pesaba así? ¿Es porque la hemos rellenado tanto que ya es muy visible su gordura? No, no es eso. Es la vida la que aparece ante nuestros ojos como pesada, como valiosa no porque se haya (o la hayamos) transformado de esta manera, sino porque nuestro propio cambio, nuestro propio medio, ha cambiado, porque nosotros mismos lo hemos hecho. Somos desinteresados, somos flojos, queremos tener nuestro propio blog, queremos ser autosuficientes, somos ya casi pos(pos)modernos. La vida sigue siendo la misma porque los conceptos son eternos, porque son universales, y a la gente aun enraizada en el pasado no le gusta (e incluso les irrita) bajar del monte y ver a su pueblo danzar, beber, y hacer lo que quieran. Pro-vida vs Pro-elección: modernidad vs posmodernidad, escribalidad vs electronalidad, El Universo vs el particular, el todo vs la parte, la moral vs el hombre. Las tendencias están sobre la mesa.

La vida nos pesa mucho y a nosotros no nos gusta ese peso, a las nuevas generaciones que no tienen a un Kant como modelo ideal de comportamiento, les parecen vencidas las leyes, la moral, la ética universal, aman la particularidad, ya pueden diferenciarse, ya pueden dejar incluso de ser reproducciones en serie, ya pueden decidir sobre su propio cuerpo. Esto va más allá de si estoy de acuerdo o no con el aborto, si soy un asesino o no, de si el gameto es un individuo o no, de si soy “hombre” para aceptar mis “irresponsabilidades” o no, u otras falacias post hoc ergo propter hoc, esto es posmodernidad y pos(pos)modernidad…esto es simple e inevitable desinterés.

“Haz lo que tú quieras será toda ley”
“No hay ley más allá de lo qué tú quieras”
Alesteir Crowley – Liber Al Vel Legis

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Ebanistería Barata

Fotografía: Mariela Nestares González.

Por: Cedric Cáceres

Seriamente pensó dos veces antes de calmar su dolor de huevos, con la mano más fría que tenía. Cerró los ojos y sintió como la baja temperatura iba consolando poco a poco aquel las sensaciones inglaticas que la mordida de esa puta le había provocado. Nada vale la pena lo suficiente, para darle un par de monedas de más a su puta. Ni porque se había depilado católicamente cada centímetro de sus piernas para su complacencia. Nada vale la pena lo suficiente para comulgar con su alma en pleno folle. No se lo merecía, se repetía en silencio. No vale nada, es un objeto, un triste acomodamiento de partes. Nunca será un todo, nunca será lo suficiente, nunca será de verdad más allá que solo una ilusión pederasta con mucho maquillaje. Pero ahora, la muy perra no podrá coger mas con quien quiera, se dará con mi rostro sonriéndole cada vez que habrá las piernas y llorara. Ojala que llore, eso si se lo merece. Se merece llorar a lagrima tendida por las cosas que mal sanamente conjugo con su palabras. Ojala que sufra cada vez que se mire mordisqueada, sensitiva, cuando el pique el codo de acordara de mi.

Seriamente pensó dos veces antes de calmar su rostro con el agua tan fría que salía del caño. Cerró las manos lentamente y se dejo llevar por la sensación que se le aglomeraba en los nudillos. Así se debe sentir la muerte, asi nos debe ir dejando poco a poco el alma a las venas. Así se debe sentir, como si el tuétano se nos goteara por segundos, como si fueran comas en el espacio que nos deja, que dejamos, que se nos va. Así debe ser perder lentamente el deseo por la esposa gorda y vieja, solo que en vez de años, esto dura eternidades espontaneas!. Eternidades que sin tetas ni conchas, se van sucediendo unas a otras , como vagones de un tren que parte en la parte muda de la garganta y se nos va escapando hasta rompernos el culo. Así debe sentirse ser imbécil. Ser imbécil y morir es lo mismo. Ser una bola seminal de jumento parlante debe sentirse como su mil trenes despegaran de tu nuca llenas de agua fría. Por eso no se lo merece, la concha triste, por eso va a llorar cuando se enfrente al espejo con su cuerpo roído, con su alma de madera.