
La griega pendeja y un cuento del Corán*

Pirausta en el fin del Mundo.
Fotografía: Javier Ramirez NoriegaChávez en High Definition

Hugo Chávez es sin duda el mandatario más mediático de América Latina. Ocupa los primeros planos en cuanto a opiniones y protagonismos exacerbados. Encabeza portadas con sus intromisiones. Lanza, endémicamente, álgidos comentarios desubicados. Todo, en su pretenciosa búsqueda de aparentar ser un presidente mesiánico. Él siempre tiene la verdad.
Desde que ingresó al poder en 1999, con su plan de gobierno bautizado como el Socialismo del siglo XXI ha ido revelando lo que la gente ya sospechaba: emular de la manera más improvisada lo que Fidel Castro logró tras la revolución cubana.
Lo curioso es que Chávez, aun con tanto histrionismo petulante y gusto desafinado para figurar, odie tanto los medios. ¿Quizás porque no solo sea un prepotente dictador sino también porque quiera acaparar toda la pantalla chica?
Desde hace algunos días algo funesto para la libertad de expresión se ha ido cocinando en el Palacio de Miraflores. La “intrépida” idea (por no volverme ofensivo) de una Ley de Delitos Mediáticos.
Para entender la paranoia de Chávez, habrá que recordar que ya ha clausurado más de treinta y dos radios a lo que va de su gobierno. También fueron expropiadas, dos televisoras regionales, sin incluir la polémica RCTV en el 2007. De lo que se comenta, hay una intención latente de cerrar aún 250 radios más. Entre ellas, unas estaciones más grandes que otras, pero que cuentan con el mismo poder que Hugo Chávez teme y desea: el poder de la información.
La Ley de Delitos Mediáticos es un proyecto abusivo. En definitiva y en reconocimiento con las tendencias chavistas, solo será usada para fines funestos.
La aún sobreviviente televisora independiente, Globovisión, es un ejemplo. Porque, aunque el proyecto de ley presentado por la fiscal general, Luisa Ortega, aún no sea aprobada, el director del canal, Guillermo Zuloaga, ya enfrenta dos ridículos juicios. El primero por “usura genérica”, debido a su mediana empresa de ventas de automóviles; el otro, por “daños ambientales”, por su colección personal de animales disecados legales. ¿Disparates o un intento desesperado por culpar para arrebatar?
El tema de la ley debe ser entendido por todos los que trabajamos en medios, ya que, al ser aprobada, institucionalizaría la injusticia, la corrupción, la paranoia chavista. Todo bajo el manto de la legalidad. El gobierno tendría siempre justificaciones “válidas” para ejercer el abuso, y sucedería lo que la caricatura de este post (en la parte superior) retrata. Chávez en la pantalla chica las 24 horas del día. Y ahora con el HD, se le vería más real que nunca ¡Qué calamidad!
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Recuerdo la primera vez que vi a Hugo Chávez en su programa televisivo “Aló presidente”(¡Sí! Para quienes no lo saben. En Venezuela, Chávez no solo hace el papel de presidente, sino también el de Gisela Valcárcel, en el caso del Perú; o Susana Jimenez, en el de Argentina). Con su clásica seriedad pícara, botaba de Caracas a The Coca Cola Company con estas palabras: “Váyanse pa’llá, pa’ la sabana, con sus camiones”. Con ese misma soberbia, clausura canales venezolanos como quien cierra revistas, y, con ellos, carga con los voceros encargados de informar a la nación lo que verdaderamente está sucediendo en el país. Solo el 78% de venezolanos piensa que su gobierno es corrupto. ¿El 22% restante está ciego o desinformado?
Felizmente, el rimbombante Socialismo del Siglo XXI aún no se mete con los medios digitales. Solo esperemos que algún día algún chafarote tenga la intención de censurar a Filoterario. Solo en ese caso, estaríamos encantados de ser sinceramente ofensivos.
La música de Dios: inspección al politeísmo

Decimos frecuentemente que los dioses son creaciones humanas, probablemente que son producto de una suma de factores sensibles originarios del hombre de forma que han eyaculado precozmente creando azarosas figuras e imágenes humanizadas y eternas. Un devoto moralista del mundo siempre agita su corazón de alegría cuando aprecia un paisaje natural hermoso, algún ambiente puro e incólume, un ambiente que (como recalcan los “éticos” modernos) pueda calmar las emociones violentas y contrarias. Pero lo más interesante de la admiración natural es que instantánea e inevitablemente una extraña y entendible relación se completa cuando se concluye alegremente a raíz de lo visto: “Dios existe” ¡ah satisfacción! ¡Ah paroximia del determinismo! Este es un momento grande, cuando el hombre da cabida al sentido de la vista, el olfato y el odio para que de estos germine el hijo sacro: Dios, sea cual fuere. Pero esta alegría panteísta no se aplica únicamente en religiosos o laicos no consagrados, para prueba de ello este humilde redactor. Cuando escuché por primera vez el sonido que ocasionó un trueno en la ciudad de Cuzco, inevitablemente pensé y lo relacione con algún sonido gutural, con algún monstrum de cielos altos, la fuerza empírica y todas las impresiones antes reclutadas así me lo indicaban; tal sonido había sido ejecutado por alguien, específicamente por alguna figura supra humana.
Los sonidos en especial contienen información que nosotros decodificamos, por ejemplo un sonido fuerte y grave contendrá información como un género sexual, color, personalidad y forma específica claramente determinada. Si relacionamos esta idea con las culturas tribales y sus mitologías respectivas, podemos rescatar información más que interesante. Por ejemplo, en la Grecia antigua, según el mito pelasgo de la creación, la tradición refiere a una única y primera diosa creadora y originaria del Caos (Eurínome). Esta caracteristica sexual/especifica de esta entidad se explicaba en el sistema arcaico inicial griego que promovía a las sacerdotisas antes que a los sacerdotes, debido a que la mujer era el sexo dominante y creador. Creo responder el porqué. En Grecia, la concepción como factor creador de vida estaba atribuida al viento, era el viento quien representaba por metonímia la gestación, el nacimiento, la vida. Ahora bien, ¿Qué información contiene el “viento” como tal? Si escuchamos la briza aguda del viento, es inevitable relacionar su sonido con el genero sexual femenino, escuchar una brisa en el atardecer es como escuchar la esencia femenina. No es extraño entonces la relación griega en Eurínome.
Ahora viremos la mirada al pueblo Madianita, creador de gran Yahveh. Yahveh era originariamente un demonio de batalla, un dios guerrero, un dios ctónico. “Yahveh era con seguridad un dios volcánico” (Sigmund Freud. Moisés y la religión monoteísta) curiosamente en el limite occidental de Egipto con Arabia (territorio madianita) existían volcanes, uno de ellos era el Sinai-Horeb, morada del Dios Yahveh. Paradójicamente la madre del cordero de las plagas de Egipto fue un volcán, el volcán de Santorini. Ahora bien, ¿qué información guardaría los decibeles graves, casi guturales y pujantes de un volcán? ¿No sería específicamente atribuidos a un hombre, de contextura robusta y de personalidad malvada, todos estos sonidos? Pensemos también en Zeus como dios del trueno, a Dionisio dios de los ditirambos (poemas cantados) ebrios, o a la diosa egipcia Amonet (simbolizada como una mujer dando de lactar a su hijo) diosa protectora que representaba al viento. Respectivos sonidos abarcan respectivas ubicaciones en la realidad.
En el Poema Ticci Wiracocha (Wiracocha era el dios supremo del politeísmo inca) transcrito por el cronista indio Joan Santacruz Pachacuti, hay un verso interesante y que en particular me interesaría mencionar, refiere entonces el poema:
Picanque (¿Quien éres?)
Mamaycanmicanque (¿Donde estás?)
Mana choricayquiman (¿No podría verte?)
Ymactan ñinqui (¿Que arguyes?)
Rimayñi (¡Habla ya!)
Esta imperiosa necesidad del hombre por querer situar al dios pensado en algún ambiente corresponde pues al reino predictivo, fútil y basto de los sentidos. Si, como lo hemos estado haciendo, únicamente nos centramos particularmente en un sonido de algún fenómeno como el del agua al pasar, o el sonido del trueno, o de la lluvia, cabria la siguiente pregunta ¿y la música, no es en si una multiplicidad de sonidos? ¿No originaria dioses? Wagner y Nietzsche serían quizá la respuesta. Cuando el filósofo escuchaba alguna composición wagneriana, este la calificaba como la segregación de una suma de dioses, de un politeísmo evidente. Esta sensación era tal que Nietzsche denunciaría y reclamaría después a Wagner esta perdida en su música. Si la composición musical de finales de inicios del siglo XIX ocasionaba un politeísmo inadvertido, entonces ¿se podría explicar la “muerte de Dios” datada justo en la ilustración (inicios del siglo XIX)? Si esto es verdad, es decir, la composición musical como productora de sonidos, que contienen a su vez información, ¿entonces, no es lícito advertir que con el desarrollo de la tecnología de artefactos musicales como el mp3 se estaría fomentando no solo el aislamiento individual sino la creación de una multiplicidad de dioses? ¿No estamos olvidandonos acaso de los sonidos únicos? ¿de los dioses únicos?
La casa rosa (versión final)

Por: Pedro Crespo
¿Quién no ha escuchado de Las Cucardas? Nadie. El burdel está en el imaginario de todos los limeños. ¿Pero basta solo con conocerlo por nombre? No. ¿Entonces no todos lo conocen? Pero todos saben que existe. ¿Conocen las tarifas del placer? ¿Saben que el público es bienvenidos a horas de oficina? ¿Imaginan la seguridad que les presta? Las Cucardas guarda más secretos que su propio nombre. Las Cucardas está a punto de desnudarse, como lo hacen sus chicas todas las noches… y todos los días.
Viernes. Nueve de la mañana. La ciudad de Lima inicia su rutina de trabajo, mientras un par de parroquianos boleteados ingresan a uno de los burdeles más conocidos de la ciudad. Los siete días de la semana, y aunque parezca una impudicia, el Club y Snack Bar Las Cucardas abre sus puertas desde muy temprano por la mañana, y deja a los visitantes negociar con sus musas, que esperan listas en el marco de sus puertas: maquilladas, en lencería y con tacos altos.
Dos parroquianos se asoman a la ventanilla y un tipo delgado con cara de matón recibe los veinte soles de entrada por cada uno. Un guardián gorila les sella el ingreso y una oficinista les da un preservativo: Twinlotus condoms, superfinos, con registro sanitario.
Tras el ingreso, el lugar oscurece y la entrada se bifurca por completo. El humo del cigarrillo de la noche pasada y los neones rosa revisten el ambiente. A partir de este punto, toda elección y fetichismo es enteramente anónima.
De la entrada divergen dos pasajes opuestos: uno hacia la izquierda y otro hacia la derecha. Los parroquianos se detienen y discuten que camino tomar. Da igual, porque todo camino converge al final. Pero quien llega por primera vez no lo sabe, y una indecisión natural detiene en seco a todo visitantes cuando están a punto de ingresar a este ambiente nebuloso. Esta es curiosamente la primera decisión que deben tomar. La segunda decisión es algo menos cognitiva.
Los cinco pasajes que forman las Cucardas imitan una gran H. Si se quiere ser más gráfico, su estructura sería como la de un inmenso 8 cuadrado, con cincuenta y cuatro habitaciones alrededor. En cada pasaje, cada tres metros, una habitación abierta con una chica ardiente en ella, hacia la derecha y a la izquierda. Esto obliga al par de amanecidos parroquianos a andar pendientes de un lado y del otro, indecisos, oscilando como el movimiento de caderas de una morena alta de labios rojos que baila la Isla Bonita de Madonna en lencería limón. Luego de dar el primer vistazo por todo el lugar, la segunda y más difícil decisión: qué chica escoger.
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Una cucarda es una flor asiática. Exhibe un largo estilo que por sus abiertos pétalos muestra su codiciado ovario. Ser una chica cucarda es ser una flor. Motivan con su perfume y excitan con las caderas, se acomodan al pie de la loma de sus camas, o reposan en la madera que recubre sus puertas.
Las chicas cucardas producen la miel que las abejas solas no podrían. Encienden la aureola animal de los parroquianos, y los observan mutar como himenópteros en el éxtasis de la polinización. Los fuerzan a merodear oscilantes por los pasajes de la colmena, zumbando indecisos, ardientes, hasta que su propia naturaleza viciosa los obliga a fecundar el polen. En las Cucardas, las abejas cargan con un bendito recuerdo cuando regresan solos a su panal sin esa miel rosa. Por eso, siempre les es un placer volver a su estado de insecto kafkiano.
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Uno de los parroquianos que llegó muy temprano por la mañana, siempre lo hace boleteado. Por lo menos una vez al mes, se regocija con la primera cucarda que le guste. Es que la menor reincidencia anula el encanto, diría el cantautor francés, George Brassens; y este parroquiano practica el axioma, por eso la diversidad de chicas podría ser la más importante particularidad del burdel.
Las hay morenas y altas, cholas y delgadas, rubias y bajas, charapas y recias. Cada tipo de mujer con su imaginario. De las morenas, convencen sus traseros; de las rubias, su rostro; de las cholas, sus pechos; de las charapas, sus cinturas. Ante cualquier queja feminista, ellas mismas se uniforman con sus ansias de sentirse deseadas por los atributos que tienen, sin importarles parecer objetos, porque aún el oro es un objeto. Y también las uniforma el patrón que sigue sus ropas: tacos altos hasta donde aguanten sus columnas, hilos dentales multicolores que se pierde entre las nalgas, y politos que le tapen los pezones. La idea es dejar muy poco a la imaginación, el resto se resuelve con dinero.
Cuando algún comensal, de tanta indecisión, encuentra lo que buscaba, se acerca al marco de la puerta, donde la odalisca se menea, y negocia. El diálogo es un cuestionario. En mayoría, el empleador empieza preguntando su tarifa: cincuenta soles, mientras ellas los miman sin parar. Sigue con el tiempo: cuarto de hora, bebé, mientras el parroquiano duda que en tan exiguos minutos pueda acabar. Finalmente, termina preguntando su nombre: Lolita, Dayana, o el que ellas se inventen, mientras ellos las toquetean sin abusar. Porque las musas porno, las putas adoradas, las odaliscas de plástico se alquilan con lo que Dios y los cirujanos les dieron. La casa les paga el 50% de la operación, solo a las engreídas: con ellas se invierte. Y justo es esa inversión la que impide que el cliente tome partido de un negocio sin antes cerrarlo.
Cuando por fin el dúo de parroquianos se animaron con unas chicas, ya eran las once de la mañana. Un billete salió de sus billeteras por adelantado. Ellas cerraron la puerta. A ellos no se les vio más por el lugar.
El estado legal del burdel es otra virtud elemental. Las Cucardas Club y Snack Bar son un ente formalizado, con todas las de la ley, y eso lo hace un lugar seguro. Los borrachos y bronqueros terminan en la pista de la calle, que es oscura como dentro de un féretro. Porque afuera, en la cuadra cuatro de
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Eva es una puta, y está sentada en la barra de las Cucardas por pura nostalgia. El bar reluce por sus decenas de brillantes botellas de alcohol y un letrero ofertando viagra. Ahora son las diez de la noche, y Eva fuma de ladito y sonríe al vacío. Trabajó quince años en Las Cucardas y hace más de un año que dejó de hacerlo. Decidió colgar las tangas solo para usarlas en la intimidad de su casa. Ahora ejerce la prostitución por teléfono, un negocio en el que no le va muy bien.
Quienes la ven, no dan un sol por ella; por eso se refugia en una esquina de la barra. Su cuerpo es ovalado, y los hilos de su blusa parecen obligarse a aguantarlo. Su escote es desvergonzado, lleva jeans holgados y botas negras. Su maquillaje es excesivo, y no parece cumplir su cometido porque sus arrugas se reflejan aún en la penumbra del neón. Hugo Shimabukuro, dueño y señor del burdel, se acercó a invitarle un ron con cola. Ella lo saludó nostálgica. Luego, él la dejó sola, fumando sus cigarrillos Pall Mall rojos, uno tras otro.
En cambio, cuando Dayana salió de la habitación número dieciséis para hacer su striptease, los desvergonzados parroquianos la banquetearon con la mirada.
Dayana llegó al club, firmó su entrada, y entró arrastrando un maletín rojo de rueditas. Sonriendo, bromea que lo carga porque también es fly hostess. Lo cierto es que es una estudiante de hotelería y con la prostitución costea su profesión, como muchas otras, que también llegan con sus maletitas. Dayana es alta y delgada, de cabello negro lacio y con un cerquillo que cubre sensualmente su ojo izquierdo. Bajó de su taxi de confianza con poco maquillaje, unos jeans holgados y una casaca New York Yankees: era una estudiante cualquiera. Junto a otras chicas, desfiló por los pasillos ignorando a todo aquel que la miraba.
Ingresó a su habitación: tres por tres metros, con una cama de media plaza rodeada de espejos, una mesa de noche con una lámpara y lubricantes, y un lavamanos. Todas las habitaciones son iguales. Sacó varios conjuntos de lencería y tras escoger el mejor, se vistió, como cada noche, con el deleite de una ardiente amante.
Cuando al fin estuvo lista, la invitaron al escenario desde los parlantes. Todos los parroquianos que bebían cerveza en el bar dieron una vuelta de noventa grados para ver la función continuada de striptease y table dance, que dura hasta el final de la noche.
Dayana salió cubierta por una bata de seda rosa con capucha. Parecía una boxeadora dirigiéndose como una fiera a su ring de baile. Sus altos tacos acrílicos le colocaban elegantemente una pierna tras otra, mientras avanzaba arrebatadora. Eva parecía verla encantada, pero recelosa; aunque no tuvo más opción que aplaudir cuando Dayana quedó completamente desnuda al ritmo de la canción más melosa de Miriam Hernández. Cuando la vio dar cinco vueltas de tornado colgada del tubo, con las piernas abiertas en un ángulo recto perfecto, con los cabellos acariciando el piso de porcelanato del escenario. Esos bailes eran algo que no se hacía en sus tiempos.
Ambas prostitutas son ejemplos de lo que las Cucardas fue y de lo que es. Al inicio, un lugar sin techo, con indigentes habitaciones de triplay sin pintar, con pisos de barro seco y cerveza caliente. Aceptable en su tiempo, cuando cientos de limeños llegaban ahí a perder su virginidad. Pero relegado en los nuestros, donde el auspicio de Chivas Regal, Smirnoff o Lucky Strike no dejan espacio para putas como Eva.
Ahora, el Club y Snack Bar Las Cucardas es un lugar de referencia. Todos hablan de él, y quienes lo conocen, quedan satisfechos.
Tienen esas cucardas jóvenes, y esas evas de antaño, que aseguran guardar algo especial. Eso que Joaquín Sabina llama la vocación: el afán de las que siempre quisieron y fueron putas. Eva piensa que ya no hay muchas con esa vocación, que son dinosaurios extintos. Las de ahora miran el reloj y aman impacientes. No están hechas para complacer, solo engañan al hombre con falsos orgasmos, con pretenciosos intereses.
Dayana baja del escenario y cubre su cuerpo desnudo con una bata. Cruza el bar lleno de miradas hambrientas, idolatrándola. Un VIP la acompaña para evitar reacciones lascivas de público.
Eva está a las espaldas de todos ellos, y sigue fumando, bebiendo su Cuba libre avergonzada por su soledad.
Sábado. Cinco de la mañana. El cielo de la ciudad de Lima destella sus primeras luces y una señora solitaria sale de uno de los burdel más conocidos de la ciudad. Carga con maquillaje y botas altas, pero sin maleta roja. Ella no trabaja ahí, pero toma un taxi como todas.
Con ella, el neón rosa del frontis del burdel se apaga totalmente.
Fenomenología del racismo
Por: Eduardo YalánFotografia: Claudia Villaseca Flores
“Mira el rostro blanco y el cuerpo negro de la noche hasta que
dejes de percibir la diferencia entre albura y negrura(…)”
Emilio Adolfo Westphalen (Ha vuelto la Diosa Ambarina)
Mañana del sábado 27 de Junio, tomé el periódico nacional habitual (“El Comercio”), y me encontré con una portada muy nostálgica; la muerte de Michel Jackson. Tras un lapso de venial tristeza y de curiosidad thanática por la información, detecté otra nota informativa: “Alicia delgado recibió 8 puñaladas”. Dentro de toda la carga nostálgica de ambas noticias y de lo relevante de ambas muertes en el Perú, me pareció curiosa la distribución de la información en el periódico, por un lado Michael en una imagen a gran escala que ocupaba gran porcentaje de la carátula, y por el otro lado, Alicia, sin imágenes, acompañada de una pálida fonética y perdida dentro de los vericuetos del periódico. Alicia Delgado fue una cantante folklórica cuya muerte ha suscitado gran revuelo en los medios masivos de comunicación, medios estigmatizados como “chichas” por no decir “medios para cholos/mestizos”. El Comercio es la antípoda per excellence de estos últimos, antípoda de una cultura determinada. Recogiendo esta perspectiva y otras muchas que han venido acaeciendo en el Perú (como los dimes y diretes entre Bagua y el Gobierno de turno) deseo dar un punto de vista con respecto al tema de la discriminación (buen eufemismo para el racismo) subrepticio en nuestra sociedad.
En Latinoamérica, de la manera más hipócrita y contradictoria, el racismo se resiste aún a morir, muchos psicólogos, sociólogos y antropólogos han buscado una solución o análisis causal a este “fenómeno social arcaico” limitándose al “deber ser”. Dicen por ejemplo: “el racismo no debe ser, no debe existir”, y en teoría no debe, pero aun así existe, y de una forma vulgar. Pero añadamos otro punto de vista, tal vez interesante, al tema del “racismo”, dejemos de lado el “deber ser” y abordemos quizá una perspectiva más curiosa e interesante. Como decía Aristóteles, somos una especie social, el hombre es una animal social que pertenece lógicamente a un grupo social (sea este pequeño o grande, de corto o largo plazo). Ahora bien, tomando en cuenta esto, el ser social debe acatar la moral y normas sociales para sentirse parte del grupo e identificarse con éste; esto no es más que desear una seguridad y evitar una inseguridad, un “operar en la nada”. A nadie le gusta estar solo, pero para no estarlo se deben acatar ciertas normas, si no las acatas, entonces estas fuera. Es así como el ser social, subrepticiamente, se integra en la sociedad y adopta, según su praxis vital, un papel en la sociedad: o bien es dominador o bien es sumiso. Es importante resaltar esto, el carácter jerárquico/piramidal que posee nuestra sociedad, y de cómo nos auto ubicamos en este esquema social. Psicólogos como Lamberth, Morris, Moscovici, Enrique Salgado, y el genial James Whittaker reconocen este valor social intrínseco en la motivación individual.
Ahora bien, exploremos la fenomenología del racismo. La escencia del fenómeno está definida por la fuerza que la comprende, y este caso no es la excepción. Retomando la idea de dominación y sumisión, si un dominador (el ideal) le increpa al sumiso (yo) sobre algo mal hecho por este último, el ser social sumiso se sentirá inseguro ya que sentirá que dejó de pertenecer a la sociedad (un ejemplo muy literal es el que Ramón Ribeyro nos da en su cuento “Alienación”). Digamos que la escencia del racismo es su característica social compuesta, la negación (dialéctica) de una clase dominante (victimarios) hacia la clase sumisa (victimas) provoca insatisfacción por la inseguridad que sienten al creer que ya no pertenecen mas al grupo social, su estabilidad en el grupo depende de lo que diga el ideal, el jefe. Y, como sabemos, la creencia genera afecto. Citar a la judía y filósofa Hannah Arendt me parece oportuno en este momento: “En este mundo insensato es mucho mas fácil ser aceptado como un gran hombre que como un ser humano”. No es la idea ser un gran hombre, sino ser un “ser humano”, un ser que no se sienta dependiente de un esquema jerárquico/social.
Una solución al racismo es hacer que el ser social se sienta autorealizado y no reconocido dentro de su sistema, es decir, inocular la creencia que reafirme la trascendencia del ser humano dentro de ese pútrido “esquema social jerárquico”, la trascendencia de aquella masa, sin la imperiosa búsqueda por el reconocimiento. Repito, una creencia significa un alud de emociones. Desde esta perspectiva considero al racismo de la manera como lo considera Martin Tanaka; un “arcaísmo intolerable” y no desde la perspectiva psicoanalítica que asegura al racismo como un problema integro basado en la otredad, en la no comprensión de lo otro. No toman en cuenta la condición sine qua non entre lo social y el fenómeno racista. Nietzsche, sin querer, se inmiscuye en este problema: “no se ataca solamente para perjudicar a alguien, para vencerle, sino tal vez, a veces, por el mero placer de adquirir conciencia de su fuerza.” (HDH 317) El carácter activo del victimario hace que éste reafirme su jerarquía dominante con urdimbre espíritu, utilizando los más inverosímiles, estúpidos, palurdos e inconsistentes argumentos como lo han sido (a lo largo de la historia) la frenología, la superioridad aria, la superioridad fenotípica, y demás entelequias. Pero para el dominante todo es necesario, hasta esto ¿Cómo viviría el racista sin la inconsistencia? Para el que no busca reconocimiento esto no es de suma importancia, “a la mierda Bartolomé de las Casas, Hitler, Noé, y ese hijo de puta de Michael Jackson”. El racismo se resiste a morir pero morirá, porque la dialéctica paulatinamente muere, porque los intelectuales mueren y con ellos su amargo rechazo, la palabra escrita vinculada al racismo homogéneo se diluye, las creencias y las jerarquías se distorsionan, el racismo es un “arcaísmo intolerable” es un residuo último del cambio de paradigma. El racismo, como lo conocemos, cambiará, y “cambiará pues”.
El tema pendiente: el "Baguazo"

Texto: Pedro Crespo
En una reunión de amigos este último viernes, me encontré con mi filosófico compañero de blog. Entre copa y copa, los temas que generalmente tocamos salieron a la cancha. Esta vez, discutíamos sobre lo acontecido en Bagua: una masacre por falta de comunicación e intolerancia. Más de 30 muertos.Nunca antes he escrito temas políticos en este blog por que no quiero ser colaborar con el atosigamiento de la agenda política de los medios. Sin embargo, aquí mi punto de vista sobre lo sucedido en la selva peruana.
¿Cómo debiera entenderse al Perú?
Como un país heterogéneo. De ahí nace su encanto y su principal fuente de ingresos. En la Selva, tenemos una variedad indiscutible y envidiable de fauna y flora. Distintos pisos ecológicos adornan las mesetas, hay agua y culturas centenarias vivas. Biodiversidad en su máxima expresión. Pero también hay riquezas energéticas y mineras: hidrocarburos y oro. Esta es la semilla de la lucha.
Cómo debiera entenderse la actuación del primer bando: Las poblaciones amazónicas
1. Las deficiencias gubernamentales abundan. La principal causante de lo sucedido en Bagua es la subestimación a los pueblos nativos. Para empezar, en 1993, el INEI hizo un censo amazónico y arrojó su número poblacional, entre ellos los Aguarunas contaban con 51 827 personas. Este número ha aumentado. Las cifras, aunque pequeñas en comparación a la extensión del territorio, demuestran que estas tierras no están vacías. Insisto: ¡no están vacías, señores políticos!
2. Las poblaciones amazónicas son pueblos que datan antes que los Incas. Representan un museo viviente de nuestras raíces. Debieran considerarse más valiosos que el Museo de Oro donde solo hay materia muerta (ojo, con esto tampoco digo que sean dignos de maquetas de exhibición. Hablo del cuidado de lo verdaderamente valioso en nuestra cultura).
3. Los selváticos se encuentran espiritualmente ligados a su territorio. Ahí conviven con sus tradiciones, adoran a sus dioses, yacieron sus hermanos, veneran a sus antepasados, cuidan a su estirpe y, gracias a él, subsisten. En conclusión, no pelear por sus tierras, es un suicidio para ellos…
4. Sigo el hilo con un dato histórico: las poblaciones amazónicas nunca fueron sometidas. Contra ellos no pudieron los Incas, ni los españoles, ni los jesuitas y dominicos. ¿Por qué habrían de dejarse ahora?
5. Los amazónicos no están en contra de la inversión, es más, aceptan necesitarla. Porque tienen problemas de desnutrición crónicas, mortalidad infantil, y ningún servicio básico. Lo que repelen, es que el poder estatal abuse. Ellos necesitan “una inversión bien pensada, un desarrollo pensado desde la selva y a favor de la selva”, dijo Santiago Manuin, legendario líder Aguaruna hospitalizado por un disparo. El Perú entero también gozaría de esas decisiones.
Cómo debiera entenderse la actuación del segundo bando: El gobierno
1. Los gobiernos no solo duran cinco años, y toda decisión debe ser tomada para el buen porvenir del país. El uso de tierras y espacios improductivos es una premisa para la creación de capital y mano de obra. El asunto está en reconocer que espacios están verdaderamente vacíos para su explotación.
2. El gobierno está en la obligación de cuidar el territorio. El problema contra el que intentó luchar es contra el uso ilícito de los recursos amazónicos. Esto obliga al gobierno a una mayor fiscalización. La explotación ilícita no es solo un problema legal, sino que trae problemas sociales como la explotación de gente, narcotráfico, terrorismo, etc. Llevar el “progreso” a estos lugares, era una manera de revertir la ilegalidad.
3. El poder político está en la obligación de una consulta popular en caso de ver trabas en el funcionamiento de sus planes industriales o los que sean. Muchas veces, se han llegado a acuerdos; otras veces, se ha implementado a la fuerza. En este caso, no se llegaba a nada democrático desde el año pasado. El gobierno fue despótico.
4. Los políticos siempre han estado lejos de la amazonía. Creen que bastaba con reunirse con algunos dirigentes para tener el acuerdo. Nunca pensaron más que el apresuramiento de sus tratados sin entender la preocupación justificada de los Aguarunas-Huambasi por su cultura, sus hijos y el bosque. Además, sus leyes promulgadas tenían fallas irreparables que los selváticos estaban indispuestos a aceptar. Una de ellas era, por ejemplo, el deseo de la minera Dorato de explotar recursos en el cerro Cumpanam, este es un cerro sagrado, un Apu.
5. El gobierno fue violento. Quiso dar un renovado “moqueguazo” y le salió el tiro por la culata. Según cuenta Martín Arredondo, reportero que vivió en carne propia los enfrentamientos en Bagua, los policías llegaron con bombas lacrimógenas y disparos al aire. Una bala calló a Santiago Manuin y ahí empezó la revuelta.
“Siempre hemos sabido defender nuestra tierra”
Los oficiales llegaron armados. A los selváticos les bastaron arcos y flechas para acabar con los policías en la zona conocida como Curva del Diablo.
Jesucristo; crítica y conspiración.
en el fondo sólo hubo un cristiano, y éste murió en la cruz.”
F. Nietzsche. El Anticristo (§ Xxxix)
a) La ley

