Es la no
che anterior, pronto se cumple mi pendiente semanal con este blog; como siempre, todo para el último instante. La noche es negra, tan callada, tan mía. Pienso en mí. Mi introspección mutila los objetos que me rodean, y solo tengo mi nombre - en neón púrpura- en mente. Instantáneamente, recuerdo aquella vez que encontré aquel libro de Bryce perfectamente colocado en un anaquel de borde marrón en la librería El Virrey. Con su exterior amarillo, fotos de los Champs-Élysées y un perro de bronce, “Tantas veces Pedro” me maravilló de inmediato. No porque sea un libro indispensable del autor, sino porque -por un asunto de ego- llevaba mi nombre.
Un par de semanas después, al terminar de leerlo, no pude calificar al libro como un fiel retrato. Sería como determinar que todos los Pedros cuadran en el perfil del narrador. ¿O acaso marcámos distancia con el resto del mundo?. Quizás consolidamos nuestra excepcional existencia con la elección de nuestros padres (Tú te llamarás Pedro, dirán ellos; Tú serás alguien, nos dirá Dios). Sentir que este libro, que ahora tengo a mi lado derecho, haya retratado mi estilo de vida, mi forma de ser, mis percepciones del mundo, mis amores y desamores, mi habilidad artística para la infelicidad, mi condición de escribidor, de embaucador, de alcohólico... sería insólito. Pero curiosamente, lo hizo.
Los Pedros del mundo me dirán si estoy en lo cierto al decir que nosotros callamos menos de lo necesario, y la jodemos. Y cuando hablamos, nos sentimos orgullosos de haberlo hecho bien, porque siempre estamos concientes que igual podriamos cagarla peor. Porque tantas veces nosotros es suficiente para entender que somos nuestra propia cruz, un híbrido de maldición-divinidad. Tenemos que cargar nuestra panza por el mundo, y convivir con la genialidad de no obtener lo que precisamente queremos. Nos servimos del vino, pero Baco ya está en resaca.
Por muchas otras cosas, quizás Alfredo también debería haberse llamado Pedro. Porque cuenta con la normativa que el nombre implica. Con el típico protagonismo del payaso seductor que engalana palabras cuando no sabe que decir. Con la frivolidad de humedecerse los labios en whisky, antes de pronunciar en prosa alguna frase que impere el ambiente.
Tal vez, Alfredo Pedro Bryce Echenique no quepa en la sonoridad de un nombre melodioso, literato, pero hoy, en su nuevo bautizo sin aguita ni rezos, le será agregado a su aristocrático nombre el porvenir del Pedro. No porque lo considere como todos los Pedros del mundo (¡nunca maestro!), sino porque siento que él mismo se develó con el personaje, y, encima, me regaló un aditivo existencial: hacer de mi nombre un mito de egocentrismo popular.

Un par de semanas después, al terminar de leerlo, no pude calificar al libro como un fiel retrato. Sería como determinar que todos los Pedros cuadran en el perfil del narrador. ¿O acaso marcámos distancia con el resto del mundo?. Quizás consolidamos nuestra excepcional existencia con la elección de nuestros padres (Tú te llamarás Pedro, dirán ellos; Tú serás alguien, nos dirá Dios). Sentir que este libro, que ahora tengo a mi lado derecho, haya retratado mi estilo de vida, mi forma de ser, mis percepciones del mundo, mis amores y desamores, mi habilidad artística para la infelicidad, mi condición de escribidor, de embaucador, de alcohólico... sería insólito. Pero curiosamente, lo hizo.
Los Pedros del mundo me dirán si estoy en lo cierto al decir que nosotros callamos menos de lo necesario, y la jodemos. Y cuando hablamos, nos sentimos orgullosos de haberlo hecho bien, porque siempre estamos concientes que igual podriamos cagarla peor. Porque tantas veces nosotros es suficiente para entender que somos nuestra propia cruz, un híbrido de maldición-divinidad. Tenemos que cargar nuestra panza por el mundo, y convivir con la genialidad de no obtener lo que precisamente queremos. Nos servimos del vino, pero Baco ya está en resaca.

Por muchas otras cosas, quizás Alfredo también debería haberse llamado Pedro. Porque cuenta con la normativa que el nombre implica. Con el típico protagonismo del payaso seductor que engalana palabras cuando no sabe que decir. Con la frivolidad de humedecerse los labios en whisky, antes de pronunciar en prosa alguna frase que impere el ambiente.
Tal vez, Alfredo Pedro Bryce Echenique no quepa en la sonoridad de un nombre melodioso, literato, pero hoy, en su nuevo bautizo sin aguita ni rezos, le será agregado a su aristocrático nombre el porvenir del Pedro. No porque lo considere como todos los Pedros del mundo (¡nunca maestro!), sino porque siento que él mismo se develó con el personaje, y, encima, me regaló un aditivo existencial: hacer de mi nombre un mito de egocentrismo popular.